215 escalones hacia el cielo de Palma. 215 peldaños para conquistar Ciutat. Culminar el ascenso a la zona más alta de la Catedral de Mallorca tiene como premio poder disfrutar de unas vistas de auténtico lujo de la Bahía de Palma y del corazón de la ciudad. Desde las terrazas y las torres de la Seu, rodeados por siglos de historia, no hay lugar para los secretos.
Desde el pasado 2 de mayo, y hasta el próximo
31 de octubre, la
Catedral de Mallorca abre sus puertas a un viaje fascinante a través del
arte y la
historia, que culmina en lo más alto de esta enorme joya del
gótico y ofrece como regalo final unas espectaculares perspectivas de
Palma. Las
visitas a las terrazas de la catedral son mucho más de lo que aparentan. Es sumergirse en las entrañas de un edificio tan emblemático como majestuoso para conocer, de la mano de los guías, detalles y curiosidades, para observar muy de cerca
tesoros que durante siglos han estado únicamente al alcance de unos pocos
privilegiados.
No es el primer año que la Seu ofrece esta experiencia, pero sí es la primera ocasión en la que la regala a los residentes, que pueden embarcarse
totalmente gratis en esta aventura reservando su plaza a través de la web
www.catedraldemallorca.orgCada día se realizan
seis visitas entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde en grupos limitados a una veintena de participantes. El punto de partida es el
Portal de la Almoina, por el que se penetra a la Catedral para dirigirse hacia la torre y pisar el primero de esos 215 peldaños que componen el recorrido y que están señalizados.
Una austera sala, bajo el
campanario, es el primer alto en el camino. Los tubos de los órganos presiden las robustas paredes de un edificio que comenzó a construirse en el
siglo XIII y para cuya culminación fueron necesarios tres siglos.
La segunda parada es la
sala de las campanas. Hay un total de nueve, que están situadas sobre una estructura de madera de
pino rojo que es la original de
siglo XV. Llama la atención las zonas ennegrecidas que, como revela la guía, son el resultado de un
incendio causado por el campanero que se despistó con una vela.
Bàrbara, Antònia, Prima, Picarol, Tèrcia, Martines, Mitja, sa Nova y Aloi son los nombres de las campanas. Entre ellas, destaca esta última, un gigante que pesa entre
4.500 y 4.600 kilos. Es la única que actualmente se toca de manera manual necesitando entre nueve y once personas para conseguirlo.
Antiguamente tocaban a Aloi para alertar a la población en caso de
tormentas o cuando venían
piratas. La creencia popular era que su contundente sonido ahuyentaba a los
malos espíritus.
Eran tiempos en los que todo el mundo la conocía y permanecía atento a su señal. Actualmente su uso está restringido y solo se toca en caso puntuales como el día del
Corpus o cuando muere o consagra un
Obispo o un Papa.
La sala de las campanas abre camino directo a las terrazas en las que destacan los poderosos
arbotantes característicos de la arquitectura gótica. Son elementos estructurales con forma de medio arco, que aportan solidez transmitiendo la presión de la bóveda hasta el contrafuerte, y que permiten abrir ventanales. La Seu tuvo que esperar hasta el siglo XX, con la llegada de
Gaudí, para destapar los huecos que estaban hechos.
Sobre algunos arbotantes se han añadido piedras debido a que la potencia de las campanas, especialmente la de Aloi, hacían sufrir mucho a esas zonas.
El trayecto continúa hasta una de las joyas de la corona, el gran
rosetón, que se erige majestuoso ante los ojos curiosos de los visitantes. Es una oportunidad única para mirar hacia el interior de la catedral a través de los cristales de colores del ‘
Ojo del gótico’.
Cruzar por delante de uno de los mayores rosetones de mundo conduce hacia la zona que de la Seu que da al mar. Un nuevo conjunto de terrazas con vistas de la bahía, que permiten colarse incluso en los jardines interiores del
Palacio de la Almudaina.
Cientos de
fotografías, vídeos y selfies llenan las tarjetas de memoria de las cámaras antes de afrontar el último tramo de escalones de la
catedral más alta de España y la tercera de Europa. Desde las alturas, se observan con detalle las
gárgolas y esculturas que decoran y engrandecen la catedral.
La última curiosidad descansa sobre el suelo de las terrazas. Lo que podría parecer a primera vista una estructura que se ha desprendido es en realidad lo poco que se conserva del
convento de Santo Domingo, una joya del gótico que fue derruido en el siglo XIX durante las
desamortizaciones de Mendizábal y que dio lugar al actual
Palau March.
El tiempo se acaba y llega el momento del descenso, que es rápido, sin paradas y con final en las naves la catedral, que el visitante podrá recorrer con libertad para completar una radiografía completa de uno de los iconos de Mallorca.