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Una noche electoral 'a la balear'
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(Foto: J. Fernández Ortega)

Una noche electoral "a la balear"

Por Josep Maria Aguiló
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jmaguilomallorcadiariocom/8/8/23
lunes 29 de mayo de 2023, 17:34h

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Una de las ventajas de la política isleña es que las noches electorales suelen ser aquí más tranquilas que en otras comunidades autónomas, pues tanto quienes ganan como quienes pierden suelen mostrarse muy cautos en sus valoraciones, así como también muy comedidos en sus expresiones de alegría o de tristeza. Lo pudimos comprobar de nuevo hace unas pocas horas, en que vivimos una nueva noche electoral "a la balear".

Mi misión como cronista era, precisamente, recorrer las sedes de los distintos partidos ayer por la noche, para ver cuál era el ambiente que se respiraba en cada una de ellas. Es cierto que había alegría en la sede del PP, pero era contenida. No negaré que no hubiera tristeza en el cuartel general del PSIB, pero era también contenida. Del mismo modo, puedo confirmarles que reinaba la satisfacción en el local de Vox, pero era igualmente contenida.

Con ese mismo adjetivo podríamos calificar también la resignación que se vivió en Més per Mallorca, la autocrítica que apuntó Unidas Podemos, la decepción que reconoció El PI o el lamento que expuso Ciudadanos. Yendo incluso un poco más allá, yo diría que hasta la lluvia que nos acompañó a lo largo del día de ayer fue también contenida, y yo añadiría que tal vez algo indecisa también, como mi propia disposición de ánimo antes de ir a votar.

De hecho, cuando desperté ayer, aún no tenía del todo decidido mi voto, así que yo era uno de esos indecisos que, según vaticinaban las encuestas, iban a ser cruciales para que la balanza se inclinase finalmente de un lado o del otro del espectro político.

Quizás por ello, mientras me acercaba a primera hora de la mañana a mi colegio electoral, iba notando cada vez más el peso de esa gran responsabilidad sobre mis hombros, aunque luego pensé que también era posible que simplemente hubieran reaparecido entonces mis viejos problemas de cervicales. Unas horas después, cuando se conocieron ya finalmente los resultados de este 28-M, me di cuenta de que habrían sido exactamente los mismos si yo ayer no hubiera salido de casa, circunstancia que me tranquilizó bastante y que contribuyó a aminorar mi recurrente sentimiento de culpa.

Por otra parte, he de reconocer que mi indecisión no era sólo política, sino también indumentaria y hasta complementaria. Así, al levantarme no sabía si ponerme un jersey -al final me lo puse-, estrenar mis mocasines nuevos -los estrené- o si coger además también el paraguas, viendo que estaba lloviznando. En el último instante opté por no cogerlo, y ahí sí que sin duda tomé una decisión que tal vez debería haber meditado un poco más detenidamente, pues hubo varios momentos en que la lluvia fue claramente a más.

Por fortuna, en las inmediaciones del colegio se había situado un vendedor ambulante que, muy oportunamente, vendía chubasqueros y paraguas de todos los colores, a cincos euros cada uno. Por un momento, pensé en comprarme uno de cada color, por si las moscas, pero al final me decanté preventivamente por un paraguas de color negro, pues siempre he oído decir que es un color muy sufrido, que lo mismo vale para una fiesta que para un funeral.

Con todos estos precedentes, seguro que habrán intuido ya cuál será el tono general de este artículo, en el que, a partir de ahora, explicaré cuál fue el recorrido periodístico nocturno que seguí para poder elaborar luego esta crónica, que será de carácter esencialmente gastronómico. La primera sede que visité fue la de Vox, en la que nunca había estado hasta ahora. El motivo de que hubiera sido la primera que marqué en rojo -con perdón- obedecía a que era la más próxima -geográficamente hablando- a la redacción de este digital.

Lo primero que destacaría de esa visita es que, como sucedería luego en las otras sedes, me trataron estupendamente. En cuanto a las viandas que había en el lugar para que políticos y periodistas pudieran sobrellevar dignamente la noche, eran sobre todo mini pasteles y mini bocadillos, que tenían muy buena pinta, pero que no probé, porque yo nunca como -ni bebo- estando de servicio. En cuanto al sentimiento que reinaba en Vox a las nueve de la noche, era de prudencia contenida, un sentimiento que acabaría siendo finalmente de euforia contenida, si me permiten ustedes el oxímoron.

Desde ese espacio me trasladé al que había elegido El PI para seguir todo el recuento, que era un hotel ubicado en el centro de Palma. En este caso, había para todos cervezas, café, pinchos de fruta, hamburguesas pequeñas, croquetas, bollería y torrades. En cuanto al estado de ánimo que reinaba en la sala, es verdad que no era el mejor, pero aun así se percibía también un cierto estoicismo, que confirmaba que las formaciones centristas suelen ser muy elegantes y respetuosas también en las derrotas.

Los dos siguientes lugares a los que acudí fueron, sucesivamente, la sede del PP y la del PSIB, que en esta ocasión venían a ser algo así como el yin y el yang, es decir, "dos fuerzas fundamentales opuestas y complementarias, pero interconectadas, que se encuentran en todas las cosas". O eso es al menos lo que leí ayer por la noche en la Wikipedia cuando me interesé muy profundamente por esta cuestión.

En el cuartel general de los populares había sin duda felicidad, pero era algo más contenida que la que experimentaron en la noche electoral de 2011, en que obtuvieron los mejores resultados de su historia. Algo parecido, pero en sentido inverso, podríamos decir sobre la melancolía que había en los ojos de los principales dirigentes socialistas en el edificio de la calle Miracle.

En ambos casos y por razones obvias, todo lo relacionado con la comida fue quedando poco a poco en un segundo lugar. Aun así, quisiera al menos dejar constancia de que en el PP había croquetas, nuggets, tortilla de patatas, butifarrón, sobrasada y un refresco que antes era conocido como "la chispa de la vida", con lo cual adquiría un sentido muy especial encontrarlo allí precisamente ayer. En el PSIB, por su parte, había también nuggets y croquetas -las otras grandes triundadoras de la noche-, así como refrescos y agua.

Mis nuevos mocasines azules -con perdón-, mi paraguas negro y mi Google Maps me condujeron poco después al local de Unidas Podemos, ubicado en es Camp Redó. "Pasa, esta es tu casa", me dijo un militante, una frase inesperada que agradecí con un sincero gesto de gratitud. Ya en el interior, vi sobre todo rostros circunspectos, pero al mismo tiempo tranquilos. Al fondo, en una mesa grande, había pa amb oli, tortilla de patatas recién hecha y fiambres, pero parecía que nadie los había probado aún en aquel momento.

Desde allí, me dirigí también a pie hasta la sede de Ciudadanos, seguramente la más bien provista de todas a nivel gastronómico. El ambiente era prácticamente idéntico al que había visto un poco antes en El PI, con unos resultados que la formación naranja poco a poco intentaba asimilar. Por último, me acerqué hasta la planta baja de Més per Mallorca, que en su exterior había instalado un pequeño escenario, así como varias sillas y mesas. Las personas allí presentes estaban tomando productos locales, como no podía ser de otra forma. En general, se respiraba serenidad y aceptación, dos rasgos de personalidad también típicamente mallorquines.

A continuación, me fui ya hacia casa, para empezar a escribir esta crónica político-culinaria. Había visto tanta comida a lo largo de la noche, que lo primero que hice al llegar fue dirigirme a la cocina y abrir la nevera, aunque de inmediato me di cuenta de que, a diferencia de lo que había ocurrido en las elecciones, no tenía allí demasiado donde elegir. Así que me tuve que conformar con comer un pequeño trozo de queso, devorar unas galletas caducadas que encontré en la despensa y beber agua mineral. En aquel momento, me enfadé un poco conmigo mismo por mi falta de previsión, pero fue también un enfado contenido, un enfado indeciso, un enfado cien por cien "a la balear".

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