La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha difundido una terrible estadística en el Día Mundial contra el Trabajo Infantil: hasta 218 millones de niños no pueden disfrutar de su infancia porque empiezan a trabajar, prácticamente, desde que se pueden poner en pie.
La cifra asusta, pero los casos concretos estremecen. Como el de Ezequiel, al que se le puede ver retirando restos de moscas muertas de un gallinero. Los insectos han sido exterminados con un veneno tóxico, veneno que el pequeño lleva respirando más de un año en jornadas de 14 horas. Otro esclavo infantil murió de cáncer a la semana de ser grabado en las imágenes del vídeo.
Otro caso es el de Ibrahim, sus lágrimas se mezclan con el sudor y la lluvia mientras, con tan sólo cinco años, trabaja en una mina de Sudáfrica. Su cuerpo escuálido es de los pocos que puede bajar unas galerías llenas de piedras preciosas.
También, el ejemplo de un grupo de niños que no juega en un arenero: seleccionan coltán, uno de los minerales más preciados en la industria tecnológica del Primer Mundo. Ninguno supera los siete años.
Y Lucía, Teresa y Jeni, a su corta edad, son esclavas sexuales. Son algunos de los casos que la ONU denuncia hoy: obligados a empuñar armas que apenas pueden levantar. Coser durante jornadas de 16 horas por menos de un euro al día, víctimas de abusos de empresas, industria y consumidores a los que se les niega el derecho a la educación, la sanidad; en definitiva, a una vida digna.