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Yo, Pedro

Por Gabriel Le Senne
jueves 22 de diciembre de 2022, 07:00h

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Con la decisión del Constitucional salvamos un match ball, pero el partido sigue. Sánchez ya ha anunciado que ‘ho tornará a fer’. Arrimadas acusa al Gobierno de estar repitiendo los discursos separatistas de 2017, pero traducidos al castellano, y es así.

Es lógico: Sánchez decidió aliarse con los sediciosos del 1-O, y el acuerdo alcanzado consiste en amnistiarlos y trasladar el ‘Prusés’ de Barcelona a Madrid. El objetivo es el mismo: destruir el orden constitucional a través de la ingeniería (i)legal y los hechos consumados.

Si el 1-O fue chusco y grosero, motivo por el que fracasaron y dieron con sus huesos en la cárcel, en este nuevo Proceso Sanchista van mejor encaminados, y por ello es mucho más peligroso: amenaza con dejar la Transición no en el paso del franquismo a la democracia, sino del franquismo al sanchismo. Todo, supuestamente, de la ley a la ley.

Por esta alianza del sanchismo con el separatismo, conviene leer con atención a Oriol Junqueras, que ha escrito, respecto a lo del Constitucional: “la derecha y la extrema derecha utilizan, de nuevo, los poderes del Estado para atentar contra la voluntad del pueblo. En defensa de la democracia, estaremos siempre.”

En paralelo, Pedro Sánchez: “comprendo la indignación de muchos demócratas al sentirse vulnerados en un principio básico de la soberanía popular como es el de la representación, el del debate, el de la legislación”. Como pueden ver, ambos apelan al pueblo: su voluntad, su soberanía. Que ellos representan, por supuesto. “El pueblo soy yo”, podrían decir, a lo Luis XIV.

Y es que en el fondo, eso es lo que nos están diciendo: el pueblo me votó, y por tanto, mi poder es absoluto. ¡Nuestro supuesto representante se atribuye un poder general, que le faculta para hacer cualquier cosa! Pero al Sr. Sánchez no le hemos concedido un poder general, sino especial, únicamente para hacer lo que le permite el ordenamiento jurídico, y especialmente la Constitución. Poniéndonos idealistas, debería hacer lo que prometió en su programa electoral, que fue justo lo contrario de lo que está haciendo, lo que le deslegitima aún más.

Sin embargo, la portavoz del PSOE en el Senado abunda en la mentira: “Es inconcebible que se vaya a hurtar al poder legislativo su capacidad de legislar.” Lo afirma también el propio Sánchez: se ha hecho enmudecer a las Cortes Generales. Pero inmediatamente, amenaza: “Ya les garantizo yo que el Parlamento va a hablar alto y claro”.

Y en ello están, negociando con Esquerra una nueva proposición de ley para volverlo a intentar: magistrados que ahora se nombran por mayoría de tres quintos, 60%, lo que significa un amplio consenso, querrían que se nombraran por mayoría simple. Es decir, unilateralmente por Sánchez&Co.

Cosa que supone acabar con la separación de poderes, porque en tal caso, la mayoría del Congreso nombraría al Presidente del Gobierno, como ya hace, y además controlaría al Poder Judicial y al Tribunal Constitucional. En la práctica, poder absoluto. Como Luis XIV, o, que yo creo que le gustaría más, como un emperador romano, y de ahí el título del artículo.

Recordemos una vez más que lo característico de la (verdadera) democracia no son sólo las elecciones, sino, ante todo, el respeto de los derechos y libertades individuales. Y sólo pueden garantizarse mediante la división de poderes. Cuando el poder se acumula, las garantías desaparecen y la arbitrariedad se impone. El líder se convierte en mon-arca: el poder de uno solo.

¿No es exagerado hablar de Sánchez como emperador? Al fin y al cabo, depende de sus socios; ni siquiera tiene la mayoría parlamentaria. Efectivamente, durante un tiempo tendría que continuar negociando con ellos. No es difícil aventurar por dónde podrían transitar; dónde pueden ponerse de acuerdo más fácilmente: referéndum sobre la Corona, profundización en el socialismo, reformas territoriales hacia los estados libres asociados...

¿Y no se les podría echar en las elecciones? Teóricamente sí, pero podrían modificar las leyes electorales, y con el Constitucional controlado, quién sabe hasta dónde podrían llegar. Por no hablar de otras posibilidades menos elegantes, pero en absoluto descartables.

De modo similar, asaltando el Poder Judicial con un golpe institucional en el que rebajó la elección de los jueces del Tribunal Supremo desde los tres quintos a la mayoría simple, Hugo Chávez transformó Venezuela.

Por cierto, el Constitucional ya estaría renovado, si no fuera porque la mujer de Conde-Pumpido se ha negado a abstenerse, porque quiere un candidato que apoye a su marido como presidente del Constitucional. ¿Quién bloquea aquí?

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