El vehículo privado se impondrá al transporte colectivo o al compartido una vez concluido el desconfinamiento. Es una de las curiosas realidades que nos deja la actual crisis sanitaria, donde el miedo al contagio -al menos en las primeras fases de la vuelta a la normalidad- prevalece sobre otras cuestiones que se enfocaban de forma radicalmente opuesta hace apenas unos meses. Tal es así que, según el informe que publicada este martes mallorcadiario.com, un 43 por ciento de los españoles se plantea la compra de un coche en el corto o medio plazo.
El dato significa un cambio de tendencia motivado por las razones del distanciamiento social impuesto durante la pandemia. El coronavirus lo ha cambiado todo, también la movilidad. Hasta el estallido de la crisis del Covid-19, las administraciones locales, autonómicas, central y europea apostaban con decisión por el transporte público ante la amenaza del cambio climático. Pero, ahora que se impone el distanciamiento físico -especialmente en los lugares cerrados-, el vehículo particular saca músculo y vuelve a reivindicarse como una prioridad para los ciudadanos.
La encuesta señala, concretamente, que un 27 por ciento de los ciudadanos usará mucho más el coche privado de lo que lo hacía antes de la pandemia, valorando la libertad, la autonomía y el aislamiento que les proporciona este sistema de transporte.
El mismo informe también señala que muchos ciudadanos, por la misma razón, optarán por desplazarse a pie, aunque únicamente un punto por encima de los que lo hacían habitualmente antes de la enfermedad. La premisa es evitar las posibilidades de contraer el Covid-19, y el uso del transporte público presenta demasiadas posibilidades para contraer una enfermedad que se transmite por contacto y por la cercanía entre personas. Otras opciones de desplazamiento urbano como el taxi o el carsharing -la formula de coche compartido que comenzaba a abrirse camino entre algunos sectores- tampoco están de momento entre las prioridades de muchos ciudadanos.
La nueva movilidad también está resultando una revolución. Una revolución que no deja de sorprender y cuya evolución futura es, hoy por hoy, imposible pronosticar y ante la que las administraciones deberán estar pendientes para poder responder, lo más rápido posible, a las demandas cambiantes de los ciudadanos.