Sin embargo, la idea no ha gustado nada en la Federació de Veïns de Palma. Su presidente, Joan Forteza, considera la actividad "un atentado contra la convivencia" e insta a las Administraciones a parar cualquier intento de implantación del negocio. "Bastantes ruidos sufren ya los residentes de esta ciudad, como para tener que aguantar una fiesta en la terraza de al lado".
Forteza subraya el peligro de la actividad en un lugar como Mallorca ya que el clima afortunado de la isla y la cantidad de espacios "seductores" que alberga -azoteas, patios interiores, casals...- son un claro reclamo para que el fenómeno se multiplique. "¿Dónde quedaría el uso residencial de los plurifamiliares?".
Jesús Sánchez, presidente de la Asociación Balear de Ocio Nocturno y Entretenimiento, muestra también su rechazo a este modelo de negocio. "No es lícito que los empresarios estén sujetos a miles de normas y pago de impuestos por operar y que la misma actividad de ocio -reunión, música, bebida y diversión- acabe en un ámbito privado, generando ingresos y sin ningún control". Además, Sánchez prevé problemas vecinales "porque las casas están hechas para vivir, no para montar negocios". Reconoce que no es lo mismo organizar una clase de yoga a las seis de la tarde que una fiesta, con música y alcohol, "pero abrir la puerta es peligroso".
Desde la plataforma creadora, Athiko.co, aseguran que la actividad no está orientada a turistas -"no somos el AirBnb de las terrazas"- sino a residentes, sean nacionales o extranjeros, que buscan "espacios diferentes". Además, subrayan que todos los anfitriones están obligados a declarar los ingresos -unos 250 euros de media por un encuentro de unas 25 personas- así como una tasa de limpieza y defienden las bondades del negocio, "principalmente, los ingresos extra con los que los propietarios pueden solventar deudas de comunidades o arreglos pendientes".