Pese a que “Felices en Casa” podría ser el lema familiar, a lo Juego de Tronos, si de mí y de mis hijos dependiera, siguiendo instrucciones de la autoridad competente -el matriarcado, siempre- me tocó recorrer este puente buena parte del legado cultural más destacado del antiguo reino de Castilla, en una ruta tan intensa que aún debo asimilarla, para lo que me vendrá muy bien escribir este artículo.
Volando a Madrid, pero sin pisarla, que no faltarán ocasiones, desde Barajas partimos directamente hacia Ávila, elegida como base de las operaciones. Parece mentira que, pese a vivir trece años en Madrid, nunca consiguiera visitarla. ¡A pesar de tener algún amigo abulense! Mala suerte.
Y bien que merece la pena: las murallas son espléndidas; no me cansaba de contemplarlas. Nos alojamos en un antiguo palacio de piedra, encajado en un ángulo de las murallas, espléndidamente reformado. Santa Teresa y San Juan de la Cruz conceden el atractivo espiritual (y faltó visitar Sonsoles); las patatas revolconas, el chuletón y las yemas, el gastronómico. Impresionante la panorámica de la ciudad desde Los Cuatro Postes, donde según la tradición Santa Teresa y su hermano, siendo niños, fueron interceptados por su tío, cuando abandonaban la ciudad con el objetivo de ser martirizados por los moros.
Desde Ávila nos dirigimos a Toledo, donde tras visitar el asombroso mirador del Valle, asistimos a una visita guiada al Alcázar, la Catedral Primada y la iglesia de San Román. Todo fue interesante, pero la Catedral debo confesar que me impresionó; quizás lo que más en todo el viaje. Tocar la piedra donde según la tradición la Virgen María posó el pie al descender para entregar su casulla a San Ildefonso fue bonito, igual que ver la Virgen Blanca regalada por San Luis de los Franceses, si entendí bien. La colosal custodia y el retablo me los esperaba y no decepcionaron. Lo que me pilló desprevenido fue El Transparente, derroche de barroco y de amor a la eucaristía, y la sacristía, con El Expolio de El Greco al fondo y la bóveda pintada. Espectacular. ¿Cómo no visité Toledo más veces? Seguramente en mis veintes aún no lo apreciaba.
El periplo se completó con Segovia y el Escorial, que me son más conocidos, pero que convenía mostrar a los niños. Segovia nunca falla, con su combo acueducto-calle Juan Bravo-catedral-alcázar, y menos si se combina con el típico menú segoviano: sopa castellana y/o judiones con almejas, cochinillo y ponche. Que los niños no probaron, así que lo tuve que hacer yo por ellos.
Entre el alcázar de Toledo, el de Segovia y el monasterio de El Escorial, incluyendo panteón real, se llevaron una buena dosis de historia española. Reyes Católicos, Austrias y Borbones se completaron con algo de historia contemporánea en la visita al Valle de los Caídos, ahora renombrado Valle de Cuelgamuros. Llegamos a tiempo antes de que lo ‘resignificaran’: aún estaba José Antonio y la colosal cruz entre la bruma matinal. Lo siento, Pedro, pero con estos lo vas a tener difícil: ya están adoctrinados, pero en la verdad.
Por cierto, que no pude evitar entrever que mientras tanto, Sánchez celebraba algo así como el primer “Día del Recuerdo” con un gran cartel detrás que decía: “Memoria es Democracia”. Pero ya sabemos que por “Memoria” quieren decir “Versión Obligatoria de la Historia”, y que eso es totalmente contrario a la libertad de pensamiento y por ende, a la democracia. Rabiosamente orwelliano, como acostumbran, y además una mala imitación de las fiestas cristianas. Hablando de memoria de la buena y de fiestas cristianas, no se pierdan este breve vídeo de la ACdP.
En fin, resultó un viaje asombroso que ni Sánchez pudo arruinarnos, por una (pequeña) parte del patrimonio cultural español. ¿Cómo puede haber a quien no le guste España? ¡Ellos se lo pierden!