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Suma cero (ni frío ni calor)

Por Fernando Navarro
viernes 05 de enero de 2024, 05:00h

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En el póker hay unos jugadores que ganan y otros que pierden, y la suma de las ganancias de los primeros es igual a la suma de las pérdidas del resto: por eso se dice que es un juego de «suma cero». Marx pensaba que el capitalismo, que –según él- enriquece a unos pocos a costa del sufrimiento de la inmensa mayoría, también es un juego suma cero, y así desarrolló su teoría de la plusvalía según la cual el beneficio del empresario es exactamente igual a lo que roba al obrero. Por eso –esta era la continuación natural de la teoría- predicó la «lucha de clases», es decir, la eliminación del capitalista explotador por el explotado proletario. Pero el capitalismo no es un juego de suma cero. Y cuando el propio Lenin vio que las profecías marxistas fallaban, y que los obreros de los países capitalistas vivían mejor que los de los países socialistas, desempolvó unas sesudas teorías sobre el imperialismo. Vale –dijo- es cierto que las sociedades no se empobrecen dentro de los países capitalistas, pero es porque éstos se enriquecen a costa de los países de fuera. Entonces la explotación y el suma cero seguían vigentes, pero había que contemplarlos desde una perspectiva mundial; esto permitió a la izquierda seguir equivocándose unas décadas más.

Luego cayó el Muro y fue imposible seguir ocultando lo que había detrás. ¿Qué hacer? ¿Cómo seguir detestando un capitalismo que incluso los comunistas chinos iban a adoptar? La solución fue parcelar la sociedad en «identidades» y volver a repartir los papeles de opresores y oprimidos. Resulta que el capitalismo occidental –explicaron-, aunque crea prosperidad aparente, produce redes invisibles de poder que inexorablemente generan identidades explotadoras y explotadas. Llamaron a este temible monstruo de tentáculos incorpóreos «heteropatriarcado occidental», y nos revelaron que, aunque no lo veamos, es machista, racista y –más recientemente- que está devastando el planeta. Y a pesar de que realmente no existe –o precisamente por eso- ha expulsado cualquier otro asunto de la agenda política de la izquierda. Mientras tanto la derecha, que intuye que el monstruo no es más el espantapájaros usado para representarla, opta alternativamente por asustarse o intentar desmontarlo con asombrosa tosquedad.

En resumen, el pensamiento suma cero y la división maniquea entre explotadores y explotados son dos caras de una moneda que, a través de distintos avatares, ha llegado hasta nuestros días, y hoy goza de tan buena salud que está en el Gobierno. Y realmente es una mala noticia, porque produce efectos devastadores en la sociedad. Para empezar, porque divide la sociedad en compartimentos enfrentados y elimina la cooperación. Y porque convierte el éxito en señal de abuso: si a alguien le va bien es que está explotando a alguien. Por eso -recuerden la bochornosa campaña de Podemos/Sumar contra Mercadona y Zara- se considera a los empresarios tanto más malvados cuanto más éxito obtienen. Recientemente Yolanda Díaz se ha alegrado de que los subsidios de desempleo cada vez alcancen a más gente, porque en su visión las empresas son explotadoras y los trabajadores colectivos victimizados a los que ella debe proteger ordeñando a la opresora vaca hasta que muera.

Pero el principal problema es que esta forma de hacer política, aunque se envuelva en la bandera del progresismo, es una regresión hacia el tribalismo pre-ilustrado. Se limita a explotar nuestra tendencia tribal a dividir el mundo entre Nosotros –los virtuosos protectores de los explotados- y los Otros –los malvados explotadores-, y estos últimos quedan fuera de la aplicación de las normas morales, como demuestran las asimetrías y dobles raseros que se han impuesto con total naturalidad entre nosotros. Esta es –nos recuerda el primatólogo Richard Wrangham- nuestra doble naturaleza: extraordinariamente cooperadores con los de dentro de la tribu, y asombrosamente destructivos con los de fuera. Y por eso –permítanme la digresiónel progreso es la gradual ampliación de la tribu hasta abarcar la humanidad, sustituyendo el suma cero por la cooperación. Y, también por eso, desatar el tribalismo dentro de una sociedad, no sólo es perfectamente obtuso y retrógrado, sino suicida. La pregunta entonces es ¿a quién favorece? Y la respuesta es obvia: a los políticos sin escrúpulos, que no tienen reparos en jugar con una chatarra que es explosiva, pero rentable. Más sobre esto en otra ocasión

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