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Socialburocracia inane y ofendidita

Por Álvaro Delgado
lunes 24 de febrero de 2025, 05:00h

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La hiperactiva reaparición de Donald Trump ha ofrecido a muchos opinadores la excusa perfecta para achacarle los males del mundo y desviar el foco mediático de temas menos cómodos: las tropelías de Sánchez contra el Estado de Derecho o la terrible ineficacia reglamentista de la Unión Europea. Trump se ha convertido, actualmente, en el Lucifer universal.

Desde la óptica de un jurista liberal, resulta imposible aceptar su forma siempre chantajista de ejercer el poder, sus ataques al Rule of Law, su abandono de Ucrania apoyando a un tirano como Putin, su desfasado proteccionismo comercial o sus bravuconadas con sus vecinos de fronteras. Pero la somanta que su vicepresidente Vance largó en Munich ante las caras ofendidas de los principales mandatarios de la Unión Europea no deja por ello de ser certera y clarividente.

Europa no constituye hoy ese ilusionante proyecto unificador que imaginamos sus ciudadanos, sino un hostil engendro mastodóntico que han construido a su medida élites políticas insaciables. Ese paraíso laboral donde colocarse cuando agotan las legislaturas, con remuneraciones millonarias, una fiscalidad privilegiada y pensiones de jubilación inalcanzables para cualquier particular anonadado.

La excusa para mantener el engendro es el mítico “estado del bienestar”. Llaman así a una burocracia creciente que genera una asfixiante regulación convirtiéndose en un fin en sí misma: su propia hiperproducción normativa se destina a generar más controles que precisen más trámites administrativos y requieran más funcionarios a su cargo, sin importar su desmesurado coste ni la utilidad reportada a los ciudadanos.

Al final, ese Leviatán burocrático estrangula a particulares y empresas, que se ven imposibilitados de sacar adelante cualquier proyecto o innovación. Europa es la representación gráfica de la socialdemocracia moderna, asumida sin rechistar -por la generosa cuenta que les trae- por todos los partidos no extremistas. Todos hablan de amor cuando quieren decir sexo: invocando materias sensibles, como la sanidad y la educación universales, solo aspiran a mantener sus costosos cargos y privilegios.

¿Y qué dijo el joven Vance para generar tanta ofensa? Usando el tonillo sobrado de un cowboy del Middle East, algunas verdades del barquero: que Europa tiene un problema dentro con su enorme retroceso en libertades personales, que padecemos las consecuencias de una inmigración ilegal descontrolada, que debemos invertir en defendernos sin esperar a que los yankees pongan la pasta y los muertos, y que no respetamos que gente con puntos de vista alternativos puedan expresar su opinión o incluso ganar unas elecciones. Resulta bastante duro que un niñato de Ohio pinte así la cara, en la cuna de Montaigne, Churchill, Adenauer o Montesquieu, a cretinos pagados de sí mismos como Macron, Scholz o Von der Leyen. Pero el joven vaquero barbudo tenía bastante razón.

Pese a que Trump sea un auténtico destroyer, el presidente que más inmigrantes ha deportado ha sido Obama, y el primero que pidió a Europa aumentar sus gastos de defensa fue Obama. No todo es siempre culpa de Trump. Los norteamericanos llevan décadas hartos de apoyar a esa inane Europa que, vendiendo virtudes morales y una vida de lujo, lleva demasiado tiempo instalada en la autocomplacencia. Europa es un continente irrelevante en el nuevo mundo globalizado que, desde el lejano desembarco de Normandía, vive acostumbrado a que USA actúe como su ONG permanente. Pero el chollo parece acabarse. Al muy primario Trump le importan poco la historia, los valores o el Derecho internacional. Él ha sido elegido para hacer “America Great Again”, y nadie va a desviarle de su camino, que pasa por competir con Rusia y con China tratando de apartar a ésta de la perniciosa influencia de aquélla.

Mientras se libra esa batalla de poder, Europa vive estancada en su Arcadia feliz, burocrática y complaciente, desde cuyos lujosos balcones y avenidas dicta lecciones de democracia al resto del mundo. Y, bajo elegantes arañas de cristal, seguimos reclamando con vehemencia que la tecnología, la seguridad y los cadáveres los sigan dispensando otros. Repentinamente, un infausto día de 2025, un nuevo sheriff pelirrojo, tosco y faltón, preocupado por contentar a quienes le pagan, ha pateado burdamente nuestro precioso decorado. Tras la patada, podemos pedir el VAR, su expulsión o las sales, pero sería mejor que entendiéramos cómo funciona este mundo polarizado.

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