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¡Que viene la ultraderecha!

Por Fernando Navarro
viernes 28 de febrero de 2025, 05:00h

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¿Cómo fue posible que unos fanáticos racistas condujeran a su país a la destrucción, a través de un camino pavimentado con millones de muertos? ¿Cómo entender que una ideología, tan criminal como kitsch, infectara por completo una sociedad avanzada? El horror del nazismo sumió a Europa en el estupor, e hizo que reaccionara poniendo un foco permanente sobre la ultraderecha: para que esto no se repita hay que establecer un cordón ante los partidos postfascistas. Mientras tanto los horrores del comunismo, que seguía en activo y había extendido su dictadura sobre media Europa, fueron contemplados con una gran benevolencia por la intelectualidad occidental. Cosas de la moda y de la excelente siembra de Willi Münzenberg y la Komintern.

Esta visión desequilibrada se ha mantenido, no sólo en Alemania sino en todo occidente, y el grito «que viene el fascismo» sigue funcionando como toque de alerta para movilizar a los votantes. Esto, claro, es una bendición para partidos de izquierda, a los que les basta sacar el comodín del fascismo para descalificar a partidos de derechas que, con frecuencia, ofrecen propuestas mucho más moderadas que ellos. Por supuesto la estigmatización se extiende mucho más allá de los partidos filofascistas (entre otras cosas porque no queda ninguno) y se extiende a toda opinión de derecha moderada, centroderecha e incluso izquierda si se considera conveniente: ayer desde El Intermedio anatemizaron por derechista al propio Felipe González, que se atrevió a cuestionar el desenfado con el que María Jesús Montero parte y reparte.

Los protagonistas de El desierto de los tártaros son soldados que consumen su vida vigilando atentamente una posible incursión de unos enemigos que, en realidad, ya no existen. ¿Hay un riesgo real de repunte del fascismo o el nazismo? Digamos, para empezar, que el antisemitismo hoy no está en la ultraderecha sino en la izquierda. Hoy tenemos en España ministros que se negaron a condenar la horrible masacre del 7-O, e incluso una vicepresidenta que animó a los palestinos a barrer a los judíos «desde el río hasta el mar». Desde luego la xenofobia que, en grado delirante, animó a los nazis no ha desaparecido. Los xenófobos se han limitado a sustituir el criterio del racismo (definitivamente desacreditado tras la SGM) por otros como el etnolingüismo, y ahí los tenemos en España, nacionalistas de izquierda y derecha, apoyando todos ellos a Sánchez. Porque la cuestión es que el diagnóstico ante la enfermedad nazi fue equivocado, y por consiguiente el cordón sanitario aplicado ineficaz: el peligro no estaba en la ultraderecha, sino en la vulnerabilidad de la sociedad ante la infección y propagación de virus ideológicos. De hecho, mientras occidente mantenía la vigilancia hacia la derecha, un nuevo virus (el woke) se coló en el fuerte por la izquierda. No comparo, desde luego, la letalidad de ambos virus, pero es innegable que el segundo ha debilitado los fundamentos de la sociedad occidental.

AfD ha quedado segunda en las recientes elecciones alemanas. Es un partido nacionalista y bastante xenófobo (digamos como el PNV, Junts o ERC), pero no es pronazi. A pesar de que Alice Weidel se ha pasado la campaña pidiendo que no le colgaran etiquetas, y que le señalaran las propuestas concretas que sus adversarios consideraban filofascistas, le ha sido aplicado el tradicional cordón sanitario de derecha. Si aceptamos que, como en todo occidente, gran parte de los votantes están acudiendo a la derecha como reacción por el hartazgo ante el woke podemos entender la sensación de injusticia que deben de haber experimentado sus votantes: son los partidos tradicionales los que han permitido esta última infección, pero es a los votantes de derecha a los que aplican medidas higiénicas. Fíjense que en España, en 2023, el PP fue penalizado severamente por pactar con un partido al que (los mismos que tenían en sus filas al Tito Berni, Ábalos, Errejón y Monedero) habían colgado con facilidad la etiqueta de machistas de ultraderecha. Lo irónico es que hoy sí hay razones para no pactar con AfD o Vox: su súbito alineamiento con Putin. Posición, por cierto, que comparten partidos de ultraizquierda como Podemos.

En fin que la alerta antifascista se ha convertido en un talismán para los desaprensivos. «Que viene la ultraderecha», para poder pactar Pedro Sánchez, no sólo con la ultraizquierda, sino con filoterroristas y golpistas. Los tártaros, en realidad, ya están dentro del fuerte español, y lo están demoliendo a conciencia para llevarse los cascotes.

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