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No me feliciten, por favor

Por Josep Maria Aguiló
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jmaguilomallorcadiariocom/8/8/23
sábado 22 de marzo de 2025, 09:52h

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Leí hace ya algún tiempo que las tres situaciones que generan más estrés en esta vida son casarse, mudarse de casa y cambiar a menudo de trabajo. Posiblemente sea así —yo nunca me he casado—, pero situaría justo después una cuarta situación que considero también altamente angustiante: recibir una felicitación por whatsapp el día de tu onomástica.

No me refiero aquí, por supuesto, a los mensajes personalizados que nos envían amigos y familiares, que son siempre bienvenidos y nos alegran el día, sino a los mensajes estándar que algunas personas mandan al mismo tiempo a decenas de contactos, con felicitaciones genéricas y quizás un pelín demasiado lacónicas, al menos para mi gusto, como «Muchas felicidades» o «Molts d'anys».

Mi última experiencia en este sentido es aún bastante cercana, pues mi santo fue el pasado miércoles. En torno a las seis de la madrugada, mientras yo estaba soñando plácidamente con una misteriosa y perversa mujer fatal que me seducía con sus altísimos stilettos, empezó a sonar de repente mi whatsapp de manera reiterada y compulsiva.

Tras despertarme entonces algo sobresaltado, en un primer momento pensé que tal vez me estaba escribiendo algún familiar o algún amigo para decirme que no se encontraba bien o que había empezado ya la Tercera Guerra Mundial, por lo que salté rápidamente de la cama y me fui corriendo hasta donde se encontraba mi celular.

Por suerte, mis temores sanitarios o postapocalípticos se disiparon enseguida, pues aquellos primeros mensajes matutinos eran de diferentes personas que únicamente me felicitaban de manera sucinta y breve con motivo del 19 de marzo.

Como soy un ser educado y prudente, esperé hasta las nueve o las diez de la mañana para mandar a esas personas los preceptivos mensajes de agradecimiento por la misma vía, pues no quería que ninguna de ellas se sobresaltara o se asustara como había hecho yo tres o cuatro horas antes.

También es cierto que no todos mis concisos felicitadores whatsapperos fueron tan madrugadores, pues hubo algunos que me escribieron a la hora de la siesta vespertina y otros que lo hicieron cerca de la medianoche, cuando me había puesto ya mi pijama de ositos y corazones; pero en lo que sí coincidieron unos y otros fue en que, según pude observar, la penúltima vez que se habían puesto en contacto conmigo había sido el 19 de marzo de 2024, felicitándome del mismo modo en que lo han hecho también ahora.

Seguramente, incluso Pablo Motos y David Broncano han hablado algo más entre sí a lo largo del último año.

Eso me hizo pensar también en que cuando yo me haya reunido ya con San Pedro dentro de unos años, posiblemente todas esas personas me seguirán felicitando puntualmente y deseándome mucha salud o larga vida cada día de San José, sobre todo en caso de que no haya habido nadie que haya dado de baja mi whatsapp.

Por todo lo que les contado hasta ahora, seguro que entenderán que, de manera invariable, me pase siempre los seis meses anteriores al 19 de marzo con estrés pretraumático agudo y los otros seis meses con estrés postraumático crónico.

Para intentar evitar esa situación de angustia permanente, desde hace ya algún tiempo estoy pensando muy seriamente en ir al Registro Civil y solicitar cambiar mi nombre de pila, sin recurrir esta vez al riquísimo y hermoso santoral católico, así como tampoco al ortodoxo, al anglicano o al protestante, para que ya nadie pueda saber con exactitud el día de mi hipotética nueva onomástica.

Si ustedes están sopesando también tomar esa misma decisión nominal, permítanme, por favor, que les sugiera algunos posibles nombres, como por ejemplo Osiris, Ra, Anubis, Hefesto, Artemisa, Enlil, Ares, Ishtar, Anu, Tina, Roy, Elvis o Lilith, que así se llamaba, precisamente, la perversa mujer fatal con la que soñé hace tres noches.

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