El gobierno ha programado un centenar de actos para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la muerte de Franco. Son muchos y de temática variada, pero he repasado el listado y no he visto ninguno que ilustre a los españoles sobre la vida sexual del Caudillo y su familia. De Francisco hay poco que contar. En su vida sólo hubo dos mujeres: Sofía Subirán, que le dio calabazas, y Carmen Polo, que le dio una hija y lo ató en corto. Los que dieron mucho más juego fueron los hermanos de Franco, que salieron mujeriegos como el padre. Ramón, el benjamín de la familia, acreditó una notable trayectoria como putero y juerguista antes de fallecer en 1938 en un accidente de aviación en Mallorca. Pero fue Nicolás, el mayor de la saga, el que se labró un brillante currículum internacional como bon vivant pródigo y noctámbulo.
En 1950, cuando el bikini estaba todavía prohibido en España, Nicolás Franco ocupó las portadas de la prensa mundial por una fotografía tomada en Cannes. En ella aparece en bañador, sesentón, rechoncho y calvo, en compañía de Nina Dyer, modelo y pin-up de la época, que lucía un dos piezas de infarto. Dyer fue mejorando la compañía, y años más tarde se casaría, primero con el barón Thyssen, y luego con un Aga Khan. Cuando se publicó la foto, Nicolás Franco era embajador español en Lisboa, así que el ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, consideró que era su obligación informar personalmente al Jefe del Estado del escándalo, con la esperanza de que lo cesara. Al parecer, Franco contempló en silencio durante unos segundos la foto de su hermano con el pibón veinteañero en bikini, y dijo: “Nicolás está un poco gordo. Tiene que adelgazar”.
Durante siglos, la ostentación del sexo extramatrimonial fue algo reservado a los ricos de cuna. Esto cambió con el auge de la nueva burguesía que comenzaba a forrarse. En la tradición española, a partir del siglo XIX se consideraba a la querida como un signo exterior de riqueza, un exponente del ascenso económico y social. La esposa legal normalmente no tragaba, pero en ocasiones asumía la existencia de la amante como un activo patrimonial de la familia: “nos lo podemos permitir”. Es célebre la anécdota de la señora que acude al teatro con su cónyuge, y al ver en un palco vecino a la amante de un competidor de su marido, sentencia: “ni es guapa, ni tiene estilo, ni vale nada: me gusta más la nuestra”. Estos hombres pudientes, y también pudrientes, a la querida le ponían un pisito, y le pasaban una asignación mensual para que la nevera estuviera llena durante sus visitas.
Así funcionaba la hipocresía moral durante el franquismo. Eso sí, la exhibición de las infidelidades se intentaba mantener alejada del Consejo de ministros, y de los viajes oficiales. Ya digo que el hermano del dictador se tiraba todo lo que se movía, y lo único que le pedía Franco era que lo hiciera “en privado, en casa y con la puerta cerrada”. El sanchismo, en su afán por romper con cualquier herencia del franquismo, ha democratizado la ostentación del sexo de pago abriendo la puerta del Falcon a una escort que acompañaba a su ministro más poderoso, que además era el número tres del PSOE.
Resulta conmovedor estos días leer la prensa del régimen –el de ahora, digo– citando a Jessica Rodríguez como la “pareja” de Abalos. Un periodista entregado a la causa del feminismo llegó a referirse a la joven como “novia” del exministro, que según la RAE, es la “persona que mantiene una relación amorosa con otra con fines matrimoniales”. No era fácil adivinar esta faceta romántica del periodismo más feroz contra el novio de Ayuso.
Pero hemos escuchado una opinión aún más cándida: “era imposible que Sánchez supiera nada”. Una prostituta de lujo acompañando a un ministro en viajes oficiales a Rusia, Marruecos, Abu Dabi, Reino Unido, etc., pero según estos periodistas que no se quitan la bufanda roja ni para ir al baño, el presidente del Gobierno no recibía ninguna información al respecto. Son los mismos que durante meses calificaron estas informaciones sobre la vida privada de Abalos (pagada con dinero público) como “periodismo de bragueta”. Deben pensar que nuestros servicios de inteligencia sólo están para espiar a Mohamed, o a Putin, y no para estas tonterías.
Toda esta historia es un ejemplo de corrupción cutre y casposa. Tanto afán por celebrar la muerte de Franco, para volver al cinismo moral propio del nacionalcatolicismo. Puestos a tapar esta malversación de fondos públicos, yo me ceñiría a los números. El pisito de Jessica en la Torre de Madrid fueron 2700 euros al mes durante un par de años, y un sueldo de administrativa por no ir a trabajar. El casoplón que Sánchez les ha puesto a Junqueras y Puigdemont para mantenerse dos años más en la Moncloa nos va a costar 18.000 millones de euros. Eso son muchas Jessicas.