«Paz y neutralidad. No es nuestra guerra». El pasado domingo se convocó una manifestación ante el Congreso de los Diputados para denunciar el súbito belicismo de los políticos europeos, empeñados en que el pobre Putin se vea obligado a desencadenar la tercera guerra mundial. La web Maldita.es ha detallado la campaña que 28 perfiles en redes sociales y canales de Telegram (que en total suman más de 2 millones de seguidores) hicieron a favor de la manifestación que, en sólo 24 horas, alcanzó a 800.000 usuarios. Pero lo realmente interesante es esto: el 82% de estas cuentas (23 de los 28 perfiles) han difundido en algún momento desinformación prorrusa o antiucraniana manufacturada, previsiblemente, en el Kremlin. Por ejemplo, el bulo según el cual Zelenski y su mujer se han comprado un casino en Chipre con el dinero de las ayudas occidentales. O el bulo negacionista (esto sí es negacionismo de verdad) de la masacre de Bucha, que estos activistas atribuyen a un montaje de los propios ucranianos. Tal vez a ustedes no les suene el nombre de Rubén Gispert, convocante de la manifestación. ¿Recuerdan a un reportero que, en las jornadas posteriores a la DANA, un vecino pillo manchándose de barro para que pareciera que era un esforzado voluntario? Ese es Gispert. El mismo que mantiene un tuit que dice que «los forenses de Reino Unido acreditaron que las matanzas de Bucha de las fosas eran mentira», algo que es una gigantesca, y bastante repugnante, trola.
¿Por qué hay perfiles de redes sociales que se dedican a esparcir propaganda de Putin, y a convocar una manifestación que busca neutralizar la defensa europea? Bueno, ustedes ya son adultos para unir la línea de puntos y sospechar los intereses ideológicos o económicos que pueden moverlos. Todo parece indicar que aquellos más interesados en desestabilizar Europa han descubierto que comprar influencers (o políticos, ya puestos) puede ser una opción realmente barata. El afán de desestabilizar y generar desconfianza e incertidumbre explica que estas mismas cuentas también se dedicaran a difundir un bulo aún más grotesco tras la gota fría de Valencia: que las autoridades habían llevado un camión refrigerado al parking de Bonaire para llevarse discretamente los cientos de cadáveres que allí había y traficar con ellos. Pero ¿hay gente que crea estas patrañas? Pues sí. Recuerden el Pizzagate, un bulo según el cual los demócratas traficaban sexualmente con niños en una pizzería, lo que llevó a un esforzado (y no muy despabilado) ciudadano a intentar rescatarlos armado con un rifle. Recuerden, aún más maligno, el bulo que el comunicador Alex Jones difundió diciendo que la matanza en la escuela Sandy Hook (20 niños y 6 profesores asesinados) no había tenido lugar y era un montaje del Gobierno, lo que llevó a siniestros tarados a acosar a padres que habían perdido a sus hijos y a profanar tumbas que creían vacías.
¿Las redes y la descentralización de la información favorecen la diseminación de estas chaladuras? Posiblemente, aunque no son imprescindibles. El presidente Sánchez ha dado publicidad y seriedad a una de ellas (la teoría conspiranoica de que los servicios secretos españoles colaboraron con el atentado yihadista de las Ramblas) mediante una comisión de investigación en el Congreso; ahí tuvimos a un asesino echando basura sobre España, para deleite de los nacionalistas, vergüenza de los demás e indiferencia de Sánchez. Y es cierto que la ministra Elma Saiz también ha aprovechado las redes para difundir el grotesco bulo de la hucha que garantiza la sostenibilidad de las pensiones, pero también podría haber recurrido a cualquiera de los medios tradicionales que reciben instrucciones gubernamentales. Al
Gobierno no le molestan los bulos sino perder el monopolio de emisión, y si mañana cerraran twitter usted seguiría siendo vulnerable a las trolas (aunque con Denominación de Origen Gobierno de España).
En fin, que las redes están repletas de agentes de desinformación y basura no reciclada, y si uno no va con cuidado puede acabar retuiteando a Lavrov o Ruben Gispert, valga la redundancia. Pero Twitter también es una maravilla. Proviene de Alberto Olmos la mejor defensa que he leído en una crítica a Muñoz Molina que, desde la poltrona que ocupa en El País, pedía que todos abandonaran la red. «Los blogs o bitácoras, los post de Facebook, los pequeños billetes de Twitter agitaron el pensamiento colectivo, el circo de las ideas y de las manifestaciones» decía Olmos, y tenía razón. Los medios tradicionales (y en ellos Muñoz Molina) han visto que, cuando hay otros puntos de vista, de nada sirve su habilidad para enfocar, desenfocar e incluso apagar la escena en función de la conveniencia del que paga. Y ellos quieren ser los únicos prescriptores de la noticia, porque eso es lo que les permite ser codiciados por el Gobierno y receptores de sus subvenciones. «Decirle a los ciudadanos que dejen Twitter es pedirles que renuncien voluntariamente a la libertad de expresión, resumida y delegada convenientemente en un señor que lleva cuarenta y cinco años ejerciéndola en exclusiva (…) Todo este tejido social quiere ser aniquilado por una minoría pontifical y reaccionaria». Y es exactamente eso.
O sea, Twitter rotundamente sí.