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Pedro al desnudo

Por Inocencio Arias
martes 25 de marzo de 2025, 05:00h

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Parafraseando a Joan Fontaine en el film Rebecca (“Anoche soñé que volvía a Manderley”), yo podría comenzar escribiendo: “Anoche soñé que Felipe González volvía al PSOE”. Era un sueño; el contraste es más cruel.

Sánchez se ha quitado la careta y la ropa abundantemente en nuestro país. El que defendía extirpar la corrupción —no escarbemos en su familia— defiende apasionadamente los ERE; el que iba a traer a Puigdemont por golpista le rinde pleitesía servil en el extranjero; el que decía manejar con prontitud la pandemia y buscaba las cosquillas a la señora Ayuso fomentó una funesta marcha feminista que hubo de agravar el problema.

Para qué seguir… El travestismo y la mentira son ampliamente absorbidos en su país. Los votantes sociatas miran una y otra vez para otra parte por pesebrismo o, enfermizamente, obsesionados con que la derecha no tome el poder. ¿Qué piensan los sanchistas andaluces cuando ven que su líder concede privilegios fiscales a Cataluña? ¿O los valencianos, que necesitan hasta el último euro para la reconstrucción, cuando se enteran de que a ellos les encasquetan a 400 menas —lo que implica más gastos— mientras que sus vecinos del norte agarran a Sánchez por los cataplines de siete votos y solo acogen a 32? “Esto son menudencias”, razonan. “Lo prefiero a que lleguen los fascistas del PP con las cuatro plagas del Apocalipsis”.

Aquí, pues, se sabe, aunque muchos no lo quieran saber. La novedad de las últimas semanas es que la doblez, “la jeta”, de nuestro presidente comienza a ser percibida en el extranjero. No es ya que contamos poco, es que resulta obvio el cameleo. Los altos cargos de la OTAN ya habían captado, en el reinado de Biden, que España era la última en aportar a la defensa. La última de 31. Ahora el hecho comienza a trascender a dirigentes europeos, comentaristas y opinión exterior.

Entre las cosas que el funesto Trump ha puesto patas arriba está la defensa de Europa: da a entender que no tiene por qué asumirla y, menos aún, la de los países gorrones. Europa recibió un choque con el ataque de Putin a Ucrania, pero, por comodidad, no quiso despertarse del todo. Ayudó a Ucrania parsimoniosamente, pero no acabó de rearmarse. Trump, con su humillación a Ucrania y sus insultantes declaraciones, ha provocado un cataclismo sin precedentes. Como consecuencia, los europeos han comprendido que son vulnerables y que tienen que concentrarse, sin dilaciones, en su seguridad.

Es preciso, por lo tanto, rearmarse —Estados Unidos ya no es de fiar como protector— y hay que hacerlo BIEN y PRONTO. Con urgencia. Es lo que piensan no solo los países cercanos a Rusia (Putin puede cabalgar de nuevo agresivamente), sino los políticos adultos europeos, aunque no estén en las fronteras de Rusia.

Y aquí es donde disiente el nuestro. Le hieren las formas, le produce dentera la palabra “rearme”; es demasiado agresiva, no hay que provocar a los Frankenstein ni asustar a los niños españoles. Y disiente del fondo. La prisa es relativa: “Los españoles no vemos a los rusos cruzando los Pirineos”, manifiesta a Financial Times, lo que no habrá parecido muy solidario a Zelenski, a quien Sánchez abraza efusivamente, pero no alimenta en armas, y menos aún a los aliados de la OTAN. No vacila, además, en ser de los europeos que compra más gas a Putin, con lo que este ha fabricado 2.400 cazas F-35 para amenazar a Europa. Sobre todo, Pedro I el Mentiroso es reticente a aumentar el gasto en su presupuesto.

Que los aliados hagan los sacrificios en el estado del bienestar, pero él quiere créditos blandos y, más aún, maquillar las cuentas para llegar al ya ridículo 2%. Los países preocupados por la amenaza ya detectan que Sánchez es capaz de engordar la cifra de defensa incluyendo los gastos de la lucha medioambiental, las lanchas de la Guardia Civil contra el contrabando, los regalos de boda de los soldados, los uniformes de la Policía Nacional en los pueblos pequeños, los coches para la policía y los bomberos, el arreglo del puente romano de Talavera y menudencias como el pienso y el veterinario de la cabra de la Legión, amén de la comisión antifranquista con sus quince enchufados y otra que redacte el texto del himno nacional para que nuestros futbolistas no parezcan mudos reconcentrados mientras suena.

Todo vale para aparentar que se cumple, pero nórdicos, bálticos y alemanes ya le han visto las intenciones. “He is a phony” (farsante), me dice un escandinavo. El verde alemán Fischer, con Le Monde, afirma que Europa debe rearmarse, y los comentaristas sesudos atlánticos —Friedman, Garton Ash, Nye, Franchon, Brooks— nunca mencionan a España cuando hablan de decisiones importantes o coalición de voluntarios.

La comparación con Felipe es odiosa. El sevillano hizo remilgos juveniles y electorales a la OTAN, pero rebobinó y comprendió que no podías abandonarla mientras pedías entrar en el mercado común. No parecía solidario. Convocó un osado referéndum en el que podía claramente —lo viví— jugarse la Moncloa y el poder. Hizo pedagogía cuesta arriba y ganó sudándolo. Salió reforzado ante Europa y EE. UU.

Sánchez hace política electoral cortoplacista. No hay que ahuyentar al votante hablando de tanques, drones y amenazas putinescas o sureñas. España es pacifista, feminista, inclusiva, resiliente y solidaria (?). Pero en Europa varios ya le ven el plumero, como a la Eva de la película.

¿Imaginan a Felipe o a su Ordóñez manifestando, con la que está cayendo —Ucrania, Trump, Palestina, emigración, aranceles yanquis, etc.—, que su prioridad en Bruselas es que se hable el catalán?

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