Jornada negra en los mercados. Se extiende el pánico iniciado por la quiebra de algunos bancos americanos no demasiado grandes, pero las caídas ya afectan especialmente a bancos importantes europeos como Credit Suisse. ¿Qué está pasando?
De algo podemos estar seguros: el BCE ha salido a decir que es imposible que haya problemas en los bancos europeos, con lo cual podemos concluir que habrá problemas en los bancos europeos. Uno siempre debe confiar en las autoridades. En que las autoridades mienten, por supuesto. Recuerden a Solbes y Zapatero la crisis anterior, cuando se negaban a emplear esta palabra y la sustituían por ‘desaceleración’. Y lo que vino después.
Allá por 2007, cuando estalló la crisis de las ‘subprime’, su humilde servidor se encontraba trabajando en el departamento de mercados de capitales y relaciones con los inversores de la compañía biofarmacéutica Zeltia (ahora PharmaMar). Su cotización comenzó a caer de forma acusada e inexplicable, ante lo que los accionistas pedían explicaciones. No hallándolas en la compañía, las busqué fuera de ella. Y las encontré: autores como Mises o Huerta de Soto llevan un siglo explicando lo que nos ocurre.
Como justo escribía ayer para el Covarrubias, y perdón por la autocita, la propia estructura del sistema financiero provoca o al menos exacerba los ciclos económicos de euforia y depresión. Así lo explican los autores citados, en una teoría como digo enunciada por vez primera hace un siglo y nunca rebatida; simplemente apartada a un lado, por contraria a los intereses del sistema. Una y otra vez se repiten los mismos acontecimientos, tanto que causa impresión encontrar en esos libros perfectamente descritos los hechos que nos asolan. ¡Parecen profetas!
Todo comienza con la bajada artificial de los tipos de interés por parte de los bancos centrales. Eso provoca que los agentes corran a endeudarse. ¡Apenas se pagan intereses! El dinero de los nuevos préstamos entra en la economía y provoca una euforia; un ‘boom’ económico. Se incrementan las inversiones, suben las bolsas, las casas, todos los activos. Al cabo de un tiempo, al haber más dinero nuevo (inflación) detrás de los mismos bienes, suben los precios. Las autoridades se ven obligadas a subir los tipos de interés para frenar el entusiasmo. Los agentes económicos empiezan a pasar apuros para pagar los intereses. Los activos empiezan a caer. Las malas inversiones se ponen de manifiesto y aparecen las pérdidas, luego las quiebras y la crisis.
Uno empieza a tener sus años, pero aún se considera como poco viejoven. Pero hemos vivido ya tres crisis en lo que va de siglo: la de las ‘punto com’ del año 2000; la de las subprime de 2007, y la que ahora asoma sus patitas. Todas reproducen este mismo esquema. La primera fue la que hizo famoso a Alan Greenspan. En la segunda recuerdo a George Bush hablando en la tele en mi luna de miel en Japón. Nada es perfecto. Para esta tercera aún es pronto para seleccionar algún momento estelar (¿qué empezó en Silicon Valley?), pero en su origen habrá que tener muy presente el confinamiento pandémico (aunque veníamos inflados ya de antes) y el chorro de dinero posterior en forma de préstamos con el aval-trampa del ICO (aval para tranquilidad del banco, pero no del empresario) y el fondo ‘uropeo’ a crédito para transformación y resiliencia, o sea, el Plan E a lo woke, más grande y con chochocharlas en lugar de aceras.
Lo redondeamos con el plan, también ‘uropeo’, para cambiar de coche y
de piso (o dejarnos sin ellos, si no podemos permitirnos uno ‘sostenible’), añadimos lo que va a costar nuestra deuda pública de récord con estos tipos de interés y la crisis de las pensiones de cuya causa, la bajísima natalidad, nadie habla, y lo tendríamos ya todo listo para la ruina, los recortes y los hombres de negro. Y el que llegue tras el gobierno socialcomunista, que arree. ¡Y aún tendrán los… arrestos de echarle la culpa de la crisis al nuevo!