
Pese a los esfuerzos de Cort, pese al malestar de muchos ciudadanos, pese a que se han producido detenciones, como la del
artista que inundó de pintadas el
Baluard del Príncep, en conjunto Palma está perdiendo la batalla contra los grafiteros, convertidos a menudo en reyes de la impunidad nocturna. La ofensiva contra la ciudad no cesa.

Una ciudad que tendría que ser modélica en su aspecto exterior que recibe millones de turistas al año las ve y se las desea para luchar contra la acción graffitera en el casco histórico o en el Paseo Marítimo. Pero
en las barriadas el festival de la degradación continúa imparable, sin remedio.

Los graffiteros no respetan
ni parques públicos, ni las barreras de los comercios, constantemente atacadas, ni cauces de los torrentes costosamente canalizados y adecentados. No hay piedad. Los conocedores de las tácticas grafiteras distinguen la
técnica pictórica de cada grupo. En realidad se trata de demostraciones de poderío y de que se mueven con impunidad. Es lo que algunos expertos comienzan a denominar "violencia de baja intesidad mediante una supuesta estética donde se plasma el miedo o el instinto de dominio".

Algunas de las pintadas incluso se hacen "para marcar territorio", para demostrar que las calles y los espacios públicos de algunas barriadas están
en manos de estos grupos. El graffiti se convierte así en un arma de presión, en un control de zonas de todos los ciudadanos que han pasado a formar parte de su
tutela.
Ni el Parc de Sa Riera se ha salvado de la acción graffitera.
Cort hace cada vez más esfuerzos para detener esta ofensiva del incivismo que es, en realidad, el peso de la noche, la conversión de las pesadillas en visible realidad cuando regresa la luz del día. Adquirir sprays en comercios es muy sencillo, prácticamente sin control. Y a muy bajo precio. Les sale baratísimo demostrar que nada les detiene.

El resultado es que se van
moldeando barriadas a partir de la degradación, que es una forma de demostración supremacía sobre el espacio común, que tanto cuesta mantener y promocionar como sociedad desarrollada. Aparentemente inofensivos y anónimos, son el reflejo destructor de que nada ni nadie está auténticamente a salvo.