A partir de esta primavera, cuando un turista llegue a visitar la Cartuja de Valldemossa, se va a encontrar con que habrá dos itinerarios, con dos precios, con dos taquillas, con dos caminos: uno incluye la celda que ahora dicen que es la verdadera y el otro incluye las celdas que antes decían que eran las verdaderas, más el resto de instalaciones. Nunca, en ningún otro recinto de interés turístico, se habrá podido ver algo así. Es el resultado del conflicto entre los propietarios de dos celdas, que ha derivado en esta situación increíble. Las diferencias entre partes son corrientes, pero lo normal es que ellas directamente, o a través de una mediación, recuperen el acuerdo. Se trata de salvar la cara ante el viajero al que no le interesan para nada nuestras disputas y que, sin embargo, quiere ver la celda famosa, con algunas cosas adicionales, que conforman el contexto del lugar.
Esta situación, en la un grupo de ciudadanos privados ha logrado que algo simple y sencillo se convierta en una historia realmente alucinante, me parece que está repitiéndose con demasiada frecuencia en nuestra vida diaria: lo que tenía que ser simple y normal, acaba por desbordar la imaginación de un guionista de culebrones sudamericanos, sobre todo cuando hablamos del sector público.
Tomando en consideración sólo las chapuzas que son públicas y notorias, la lista es interminable y, seguro, los lectores podrán añadir muchos más asuntos. A mí, sin acudir más que a la memoria, se me ocurren algunos ejemplos.
El Parque de las Estaciones, que primero tenía una serie de montañas que creaban microentornos y que después fue desmontado para hacer la estación de trenes y de buses y acabó con el formato actual, segunda versión en sólo una década del mismo parque.
Muy cercano, nunca debió haber ocurrido que se derribara un puente histórico, el que estaba en la continuación de Francisco Sancho. Más ridícula que la destrucción fue su reconstrucción en el mismo lugar, como si fuéramos fabricantes de antigüedades, o trileros de la historia.
Aún estamos asistiendo atónitos a la saga del puente del Riuet de Portocristo, que también se ha convertido en una fantástica historia de hacer, derribar y después volver a hacer lo que ya habíamos pagado.
No olvidemos el asunto del edificio de Gesa, un bien de valor histórico intermitente, cuyo desenlace ni se sabe ni se espera, vinculado cómo no a otro escándalo, el de Can Domenge, donde primero presentamos el proyecto del mejor arquitecto del mundo y después lo contratamos para, al final, como toca, acabar todos en la cárcel.
Lo del tren de Manacor a Artà es fantástico: tenemos los vehículos pero no tenemos la vías ni tampoco el dinero para ponernos a hacerlas, por no mencionar que los viajeros de ese tramo de vía tendrán que cambiar de vehículo en Manacor; lo del resto de la red tampoco le va a la zaga: compramos trenes eléctricos, pero como no nos bastaba el dinero y una parte de la red sigue sin cables, sólo los usamos en un tramo y después la gente se tiene que cambiar de trenes.
Mucho más dramático, pero igualmente chapuza es el caso de algunos estudios universitarios que, después de que los estudiantes acabaran varios cursos les denegamos el rango legal correspondiente.
Menor, pero igualmente importante es una cantidad de inversiones inútiles o desmedidas: desde la estación de buses de Palmanova a las estaciones marítimas de Alcúdia, la estación del metro dela Universidad, o la abundancia de teatros que se usan una vez al año.
Naturalmente, las televisiones públicas son otro caso similar, sobre todo Televisió de Mallorca, donde, la decisión de cierre implica la pérdida de todo lo gastado, también de lo que en la primera fase se dilapidó sin ningún sentido. Cambio de gobierno, cambio de criterios y todo lo gastado se va a la basura.
La lista de despropósitos de peso es tan absurda y ridícula que sería oportuno que nos planteáramos cómo nos está sucediendo esto. Cómo no tenemos 'seny'. Qué está ocurriendo para que nuestros conflictos, comprensibles, se traduzcan en dispendios imposibles de pagar. Y esto nos ocurre cuando tenemos muchos más instrumentos de diálogo que antes, cuando tenemos en Baleares las competencias de muchas áreas de gestión, cuando disponemos de los órganos en los que debatir estas cuestiones.
Al menos ahora, cuando ya debemos tener claro que no podemos pagarnos cualquier capricho, sería oportuno empezar a arbitrar las diferencias, incrementar el acuerdo, para llegar a que los proyectos sean de todos, se compartan, y puedan mantenerse tras cuatro años.