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Una inaceptable protesta contra los cruceros

lunes 09 de abril de 2018, 22:00h

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En términos coloquiales, podría decirse que la manifestación contra la llegada de cruceros este domingo pinchó. No fueron más de 150 personas las que se congregaron en el Port de Palma para protestar por la llegada del crucero más grande del mundo en una acción contra este tipo de turismo. Numeros aparte, el episodio refleja un escenario, incomprensible para muchos, en el que el turismo se convierte en un fenómeno antipático, molesto y que debe ser limitado cuando no abiertamente prohibido en determinadas zonas. Esa 'turismofobia' lleva ya un tiempo anidando en determinados sectores de la sociedad balear y representa un peligroso germen que puede conllevar desastrosas consecuencias. Ahora le ha tocado a los cruceros.

Ecologistas del GOB, junto a otras entidades como la plataforma 'Fins aquí hem arribat' o 'Ciutat per a qui l'habita', se concentraron a la salida de los cruceristas que el domingo arribaron a Palma en el 'Symphony of the Seas'. Los manifestantes consideran a los cruceros como focos de contaminación y ejemplo de masificación turística y suicidio cultural. Los turistas que desembarcaron para ver la ciudad poco debieron entender acerca de lo que quería expresar aquel puñado de manifestantes con pancartas y banderolas. Y difícilmente debían verse a sí mismos como agresores del medio ambiente balear. Es legítimo expresar cualquier opinión, pero ir directamente al visitante no parece la forma más adecuada de protestar; y a todas luces no es la más educada, aunque esta consideración poco parece importar a estos colectivos si a cambio consiguen su foto en la prensa.

Para ellos, considerar que Mallorca vive del turismo es "aceptar un chantaje" y reclaman su "derecho a decidir" sobre el tipo de turismo que se debe promover o se debe prohibir. Este discurso encuentra simpatía y complicidad en los gobernantes que, en el mejor de los casos, emplean un doble lenguaje que en ningun caso censura este tipo de acciones. Al contrario, se suman -los responsables de Turismo, los primeros- al mensaje de establecer límites y graduar las entradas. Sobre las alternativas posibles, más bien poco.

Frente a esta posición, la realidad merece ser observada desde otro punto de vista. Este mismo lunes, el puerto de Palma inauguraba la nueva estación de cruceros tras una inversión de 12 millones de euros y el trabajo de 67 empresas diferentes, la mayoría locales. Se trata de una actividad concreta que ha generado inversiones y empleos que benefician a la sociedad balear, a personas concretas que muy posiblemente no tratarán directamente con ningún turista. No es un tópico que todo nuestro sistema se sustenta en el turismo, directa o indirectamente, por lo que el esfuerzo de todos debería dirigirse a cuidar este capital sin excentricidades ni bufonadas que lo único que hacen es poner en riesgo nuestro propio progreso.