Desde un punto de vista técnico, es posible que un 97 por ciento de los delegados de un partido político esté de acuerdo con la dirección pero, desde el sentido común, es increíble. Si, encima, le ponemos nombres y apellidos a quienes se suman a la marea del consenso, es del todo inconcebible. No cabe en la mente que este porcentaje de las bases de un partido esté de acuerdo con su dirección. Dado que España castiga severamente las diferencias en el seno de los partidos, el congreso del PP en Sevilla es una excelente operación de imagen, pero como casi todo lo que rodea la vida de estas organizaciones, muy poco real.
Lo que ocurre en España, como muy bien se vio en los congresos de Valencia y Sevilla del PP o en el de Madrid y Sevilla de los socialistas, es una muestra de que en realidad la cuestión de las ideas, de los programas, de los modelos, no parece ser la decisiva, la que aglutina. Y eso que hoy sobran temas urgentes sobre los que tener discrepancias. Más bien, uno apostaría que los problemas aparecen si no hay suficientes cargos para todos los dirigentes predestinados por su brillantez a este fin. Como es evidente: basta que haya cargos para que haya apoyos; basta que no se pueda repartir lo suficiente como para que aquí se arme, aparezcan familias políticas, haya disidencia, no puedan sentarse juntos.
Esto está más que detectado y descrito, se ha situado en la raíz de muchos problemas de nuestra democracia, se considera un mal que tiene serias repercusiones en otros ámbitos. Sin embargo, nadie lo aborda. Ni siquiera ese 3 por ciento.