El Expolio Catalanista y la Leyenda Negra no sólo coindicen en California en la figura de san Junípero, también convergen más al norte de la costa oeste norteamericana, concretamente en la canadiense Columbia Británica, en los mallorquines Juan Crespí, Juan Pérez y Felipe Bauzá. Allí encontramos otro punto de coincidencia de negrolegendarios y tergiversadores catalanistas. Los primeros por negar el empuje de España en llevar a cabo numerosas e importantes expediciones científicas alrededor del mundo y los segundos por etiquetar a esos intrépidos mallorquines como catalanes.
Los negrolegendarios de la Ilustración francesa tachaban a la España del siglo XVIII de atrasada y decadente. Su principal exponente, Masson de Morvilliers, exclamaba “¿qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa? Nada se le debe”. Entre otras cosas, el francés se olvidaba que la primera expedición científica de la historia fue española y promovida por Felipe II a cargo del prestigioso médico Francisco Hernández de Toledo (en su misión de cinco años preparó un informe detallado y documentado de la medicina y sus elementos curativos en Nueva España). Como también olvidaba que España además de descubrir América, abrió el océano Pacífico a Europa. También fue en plena Ilustración cuando España mandó expediciones botánicas, naturistas y científicas alrededor del mundo y sobre todo, al Pacífico.
Las expediciones científicas españolas competían con las francesas y las inglesas. De hecho, la primera expedición científica de la Ilustración, fue fruto de la colaboración hispano-francesa: la Expedición geodésica al Perú para medir el meridiano terrestre. Luego siguieron las llamadas Expediciones de Límites a Sudamérica (para definir las fronteras con Brasil) que incluyeron ingenieros y naturalistas; la expedición a la isla de Pascua; la expedición a la isla de Tahití; la expedición botánica al Perú; la expedición botánica al virreinato de Nueva Granada; la expedición cartográfica al estrecho de Magallanes; la expedición naturalista vegetal y animal de México; la primera expedición a Nutka al mando del mallorquín Juan Pérez; la expedición a Alaska (de ahí Puerto Córdova y Puerto Valdés); y el viaje científico alrededor del mundo que fue la Expedición Malaspina de 1791 (en la que el cartógrafo jefe fue el mallorquín Felipe Bauzá).
Son precisamente los mallorquines, Pérez y Bauzá, junto a fray Juan Crespí (compañero de san Junípero, y que dio nombre a la actual ciudad de Los Ángeles), objetivos del Expolio Catalanista. Las tergiversaciones catalanistas llegan hasta las mismas costas de la Columbia Británica descubiertas por el mallorquín Juan Pérez en 1774. Dos siglos más tarde, en 1994, durante la celebración del rimbombante Día del Patrimonio Catalán, el gobierno de la provincia de la Columbia Británica, engañosamente asesorado por Angelina Miró, pero premiada por la Generalidad de Cataluña, tachó a Pérez y Crespí como catalanes que llegaron a Nutka en 1774 y también a Bauzá que lo hizo con la Expedición Malaspina dos décadas más tarde.
Pero a pesar de lo expuesto, la mayor coincidencia del Expolio Catalanista con la Leyenda Negra la tenemos en Ramón Llull, nuestro mallorquín más universal, objeto del más feroz Expolio Catalanista. Para el catalanismo Llull es, nada más y nada menos, que el forjador de la lengua catalana; para dejar completamente de lado que su doctrina había sido asumida por los Reyes Católicos y por los primeros reyes de la Casa de Austria, sobre todo por Felipe II. Lo cierto es que ni el propio Ramón Llull conocía de la existencia de la lengua catalana, para él era su lengua romance. Además de denominarla así en sus escritos, en su testamento de 1313 destinó 140 libras para que se copiasen sus diez obras más recientes en pergamino, tanto en romance como en latín: “scribantur libri in pergameno in romancio et latino”.
El catalanismo además de apropiarse de la figura de Ramón Llull, deja muy de lado que el lulismo de los reyes españoles fue lo que condujo a que se legislase en favor de la conquista pacífica de América (punto a su vez negado por la Leyenda Negra), ya que los monarcas, muy influenciados por la doctrina luliana, siempre protegieron a sus nuevos súbditos amerindios frente al inevitable avance militar de los conquistadores. Desde la promulgación de las “Ordenanzas de descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias” de 1573, de Felipe II, en las que, además de reafirmar la prohibición de la esclavitud del indígena, ordenó que la población y la pacificación, ya no conquista de las Indias, tenía que ser pacífica y bajo el control de religiosos. En la figura de Ramón Llull concurren tanto el catalanismo como el negrolegendarismo: coinciden en negar la aplicación del ideal luliano en la conquista de América asumido por los Reyes Católicos, el emperador Carlos V y su hijo Felipe II. Los primeros por sus tintes hispanos y los segundos por su salvaguarda de los indios.
A pesar de lo que digan los detractores de la empresa hispana, lo cierto es que España no regateó esfuerzos para evitar la extinción de los indios, incorporándolos a su religión, su cultura y a una vida civilizada, apartándolos de sus prácticas bárbaras. Todo lo contrario de las potencias promotoras y explotadoras de la Leyenda Negra (básicamente holandeses, ingleses y luego estadounidenses). En realidad, no hay comparación posible con el tratamiento que vivieron los indios en la América española. De hecho, mientras que en EE.UU. solo hay un 1% de población indígena y mestiza, y en Canadá un 4%, en Honduras y Ecuador supera el 90% y en Bolivia, México, Perú, Nicaragua y Guatemala supera el 80%.
Fue a los cincuenta años de sentada la conquista de Nueva España, cuando Felipe II estableció definitivamente que la entrada fuera pacífica. En el hemisferio norte, aún quedaban por explorar y conquistar todos los territorios al norte del virreinato, el denominado Septentrión. España prosiguió con su expansión con la utilización del modelo presidio-prisión en el marco de las ordenanzas de Felipe II. Básicamente había que aplicar lo dispuesto en ellas: el establecimiento de misiones y de poblaciones entre los grupos indígenas que aceptaran la sujeción a la Corona española y se cristianizaran. Bajo estas premisas continuaron las expediciones españolas con el establecimiento de misiones (para la evangelización de los nativos) y presidios (para el control de la frontera) que se prolongaron desde finales del siglo XVI hasta el comienzo del siglo XVIII en las nuevos territorios de Sinaloa, Nuevo León, Sonora, Arizona y Nuevo México. Y ya en pleno siglo XVIII con la conquista pacífica y la evangelización de Texas y California.
En el Septentrión mexicano y estadounidense la herencia española sigue viva hoy en día. Aunque algunos presidios y misiones quedaron situados en remotas ubicaciones, la gran mayoría dieron lugar a ciudades, pueblos o villas, como la capital de Nuevo México, Santa Fe, las actuales y populosas Ciudad Juárez en Chihuahua y El Paso en Texas (que fueron la misma localidad hasta la anexión de más de la mitad del territorio mexicano por EE.UU. a mediados del siglo XIX), la importante ciudad de Tucson en Arizona, la espléndida ciudad de San Antonio en Texas, las ciudades de Loreto y de la Paz en Baja California, los pequeños pueblos de San Ignacio, Magdalena de Kino y Aconchi en Sonora y las populosas urbes de San Francisco y San Diego en California.
Actualmente, tanto la Leyenda Negra como el Expolio Catalanista (las dos exitosas campañas de propaganda basadas en mentiras y tergiversaciones de hechos históricos) se han convertido en armas políticas contra la acomplejada derecha. Cualquier afirmación fuera del mundo catalanista y negrolegendario, la izquierda progre lo iguala a facha.