Para entender la originalidad de la propuesta (proyecto de vida), que conlleva la llamada individual de Jesús, se hace necesario dirigir la mirada a la manera tradicional de entender la religión. Práctica, por cierto, que adoptó la Iglesia católica desde los primeros momentos en los que se organizó según el modelo imperial.
Como ya dejó bien fundado Walter Burkert, el gran estudioso de las religiones mistéricas, la religión se ha venido configurando ‘como un sistema de jerarquías’ y rangos, que implicaba dependencia, sumisión y subordinación (obediencia). De este modo, las religiones han venido fomentando en sus seguidores ‘los rituales de sumisión’: callar, obedecer, inclinarse, aguantar, arrodillarse, resignarse, mitificar. Así, las jerarquías religiosas (los hombres de la religión oficial) han mantenido e incrementado su poder religioso en el tiempo. Es más, la falta habitual de espíritu interno se ha ocultado y se ha suplido, en todo momento, por la rigidez y la severidad de las normas rituales y de control social.
En este orden de cosas, ha sido proverbial, en las religiones tradicionales, desplegar un resorte de gran eficacia: la voluntad de Dios. Ésta se expresa a través de la voluntad de los superiores jerárquicos. ¡Casi nada! Semejante principio implicaba, en el fondo, el recorte de la libertad individual y la manipulación de las conciencias. Todo ello, por si no fuera suficiente, adobado con el miedo a las postrimerías. ¿Quién no recuerda situaciones personales en las que estaban en juego tales valores merced a la orientación clerical? ¿Quién no ha oído de las recomendaciones a favor de donar sus bienes a entidades religiosas y, de este modo, asegurarse el cielo prometido? ¡Cuánto tiene que ver el gran patrimonio inmobiliario eclesiástico con tales antievangélicas prácticas clericales!
No me resisto en este contexto a reprobar los habituales métodos religiosos católicos, que decían servir a Dios mientras reprimían la libertad del Evangelio. Así se expresaba, ya en 1937, el gran ecumenista y eclesiólogo Yves Congar: “este sistema eclesiástico, clerical, en el que se esclaviza a las conciencias y las relaciones del alma con Dios parecen deducibles y controladas: una religión por procuración a cargo del clero, un imperio eclesiástico cuyo autócrata es el papa”.
Lo anteriormente explicitado se completaba por el poder religioso mediante el ejercicio de la interpretación de los textos religiosos oficiales, fijando, de modo imperativo y dogmático, la verdadera doctrina oficial. Hemos asistido a un verdadero adoctrinamiento, que ha supuesto, de hecho, levantar un gran muro para adaptarse a los signos de los tiempos (Juan XXIII). Y todo en función del control absoluto del creyente.
Se antepone la norma a la persona, se enfría y ‘endurece el corazón’ (Mc 3, 5) de los hombres de la jerarquía católica y se incapacitan para casi todo lo que no sea acusación y condena (rigorismo).
Sin embargo, a partir de las palabras de Jesús (Jn 14, 9-11 (reproducidas en la entrega anterior, MD), sus seguidores podrían recorrer, en virtud del misterio de la encarnación, un camino muy diferente, absolutamente nuevo y original: vivir como vivió Jesús. “Era posible seguir a Jesús, ser su discípulo, sin tener que pasar necesariamente por la aceptación de la doctrinas y creencias, ritos y liturgias, jerarquías y poderes, sumisión y obediencia. Esto es, sin tener que someter la propia espiritualidad al nada recomendable, en principio, dirigismo clerical y sin tener que aceptar una concepción de la propia Iglesia, que no fue enseñada por Jesús y que, por tanto, no aparece en el Evangelio” (Delgado, La despedida de un traidor). Los seguidores de Jesús podrían dar sentido a sus vidas, encontrar al Padre, llevar adelante la obra de la creación, humanizar este mundo tan deshumanizado y heredar el Reino (Mt 25, 31-46).
¿En qué centró Jesús, prioritariamente, su actividad pública y sus enseñanzas? “Las preocupaciones fundamentales de Jesús no fueron las relacionadas con la religión sino con la condición humana. Fue profundamente religioso, pero tal religiosidad la vivió él (y nosotros la debemos vivir) en el empeño por humanizar este mundo” (Castillo). Lo singular, la auténtica genialidad del Evangelio, residió en que lo más destacado de la actividad de Jesús no se centró en lo sagrado sino en lo profano, en lo humano, en lo social. Esto es, en la curación de los enfermos, en la alimentación de los que pasaban necesidad y en las relaciones humanas.