Este mes de noviembre nos está dejando muchas imágenes para la historia. No podremos olvidar durante mucho tiempo el desastre de la Dana. Aún falta por localizar a 14 personas desaparecidas. Víctimas de la tragedia a las que se han sumado otras 10 del geriátrico de Zaragoza. Y suma y sigue. Es horrible ver cómo muere gente sin poder hacer nada para salvarles. Como en la canción de Serrat, lloro cuando nadie me ve. Y pienso en qué nos estamos convirtiendo como sociedad. Nos duele el dolor ajeno, pero no reaccionamos ante la desdicha que provocan los que mandan. Vemos cómo aumentan las personas sin techo. Ahora, un grupo en las Avenidas de Palma, en la entrada de las cerradas galerías comerciales frente al Corte Inglés, intenta pasar desapercibidos ocultando su miseria detrás de un muro de cajas de cartón. Creo que a veces nos equivocamos cuando organizamos conciertos y eventos solidarios para recaudar fondos para desastres más allá de nuestra isla. Y nos olvidamos que, estas habas, en mi casa, las cocemos a calderadas. Pienso en Blai Bonet, del grupo de voluntarios de Monti-Sión, sobre qué van a hacer estas navidades para ayudar con comida y enseres domésticos, primero, y con juguetes para niños después, a los más de 75.000 adultos que padecen privación material de lo más esencial y uno de cada tres niños y adolescentes en riesgo de exclusión social. Según las cifras oficiales de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza, en Baleares se registran 250.000 personas en riesgo de pobreza. Cuando analizo estos datos y las políticas activas de todas las administraciones públicas de España, comprendo el auge que están teniendo los partidos radicales de la denominada nueva derecha europea. Y ojo, que un español, Santiago Abascal, amigo de Trump, Orbán y Le Pen, presidirá la nueva coalición de la Derecha por Europa. Son ya más de 19 millones de europeos que han cambiado de la socialdemocracia a la derecha. En esos 11 países europeos antes gobernaban la centroizquierda y los socialistas. Ahora, ya nadie cree en sus mentiras. Son igual que los otros, a los que siempre han odiado y rechazado, a pesar de denominarse demócratas. Y ¿ahora qué? ¿Dónde están los socialistas españoles que tanto hicieron para conseguir la democracia en nuestro país? ¿Por qué los que trabajaron para hacer este país más moderno, son ahora rechazados por sus amigos, hijos y nietos, por qué se han vuelto vasallos de un mal señor, y plebeyos de un falso republicano escondido en su despacho de dictador? Menos mal que aún quedan algunos hombres buenos. Como los senadores por Valencia que esta semana se han abrazado para llorar juntos por el desastre que han padecido directa e indirectamente todos los españoles. Y en Mallorca, esta semana, hemos visto a dos hombres buenos. El primero es el alcalde de Inca, Virgilio Moreno, que rechaza la propuesta de convertir el polvorín de Inca en un centro de menores no acompañados. El edificio está que se cae y sería un gravísimo error meter allí a los niños que ha recogido la ciudad de Inca. Y el otro buen hombre, es el alcalde de Palma, Jaime Martínez, que se pone en su sitio y ordena continuar con la asistencia que da la Policía Local a las víctimas de violencia de género. Aún quedan hombres buenos.