De ayer acá, se palpa el nerviosismo en los ambientes vaticanos. La convivencia en la Iglesia viene, desde casi los inicios del ministerio de Francisco, “marcada por la confrontación y la tentación de polemizar con todo o de herir con lo que sea para parecer mejor que el otro” (Card. Cobo). Actitud manifiestamente antievangélica, pero cierta. Nunca, en la historia de la Iglesia, las resistencias a la orientación del Papa se han expresado de modo tan explícito y público, con tono tan contestario, con tal carga de violencia, al menos implícita. ¡Y, se dicen cristianos!
La realidad de la Iglesia que recibió Francisco no era la que se nos quería hacer ver. Cuando se edulcoran las cosas, lo que se busca es obscurecer la realidad. Cuando el silencio y el secreto se constituyen en instrumentos para el ejercicio del poder, siempre han resultado, a la postre, medios de manipulación de las conciencias. En este caso, se han utilizado para la ocultación de los muchos y muy graves males que afectaban a la Iglesia (cfr. El Vaticano contra Dios, Ediciones B, 1999, entre otros y los dos libros de Discípulos de la verdad). Ahora, muchos, en la Iglesia, hacen ostentación de ‘tener la verdad de su lado’, como subrayó Richard Whately, arzobispo reformador de Dublín. Diría que ‘pocos desean estar del lado de la verdad’ (Ibidem) y vivir en coherencia con ella.
Creo que Francisco era perfecto conocedor de las entrañas más ocultas de la Iglesia. Su magisterio, sin rasgar el velo que las cubría, ha pretendido, en mi opinión, atacar esos males reales, centrando la vida de la Iglesia en el marginado seguimiento de Jesús (Evangelios). Esto es, los que se dicen cristianos han de entender que la verdadera reforma estriba en la conversión personal y no en el simple cambio de las estructuras. ¡Casi nada! La única reserva que opondría a esta orientación del Papa la concretaría en algunos aspectos puntuales de las relaciones entre religión y política, que más confusión producen en muchos cristianos. Dicho lo anterior, creo, personalmente, que su ciclo ya se puede dar por agotado.
En este momento, Francisco está a un paso de cumplir 88 años. Su situación no se acaba de comprender si se advierte que los obispos, arzobispos y cardenales han de ofrecer su renuncia al cumplir los 75 años de edad. Criterio basado, precisamente, en que, a esa edad, se pueden ver ya afectados de una cierta incapacidad para el desempeño de su oficio pastoral. ¿Por qué se sigue un criterio tan distinto respecto del Papa?
No es extraño, en cualquier caso, que el mundo clerical, tan intensamente polarizado, se mueva y trate de posicionarse. Desde luego, los cardenales electores llevan tiempo, no lo duden, ‘desbrozando’ el camino al Espíritu Santo. Siempre ha sido así (Cfr., por ejemplo, Fr. Charles Theodore Murr, Asesinato en el grado 33: La investigación de Cagnon sobre la Masonería en el Vaticano). La literatura oficial se empeña en que huyamos de comparaciones con lo que ocurre en ámbitos seculares. La figura del Papa de turno está absolutamente mitificada desde su misma elección. Es, nos dicen, el Espíritu Santo quien, en el fondo, controla el proceso. La verdad, sin embargo, es muy diferente. Discurre de hecho por caminos trazados de tejas abajo. Hay de todo lo imaginable, como es lógico. Surgen, por supuesto, grupos de electores con candidatos diferentes en función de cómo se entiende y se contempla la Iglesia o en función de impedir que salga elegido un determinado candidato. Por eso, no siempre sale elegido el más idóneo.
Lamentablemente se pondrá en marcha el mensaje de siempre. Todo está en manos de Dios. ¡Hipócritas! Se hace la voluntad de los hombres.
Gregorio Delgado del Río