El pasado lunes nueve de septiembre volví a la universidad. Cincuenta años después de acabar los estudios de medicina empiezo los de historia en la UIB. El nuevo comienzo coincide con el cincuentenario de la licenciatura de medicina de la primera promoción de la Universidad Autónoma de Barcelona, que celebraremos dentro de dos semanas, el cinco de octubre, en una reunión de muchos, espero que casi todos, de los supervivientes que, por fortuna, somos la gran mayoría, aunque recordaremos con tristeza y nostalgia a una veintena de compañeros que ya nos han dejado. Nos reuniremos en lo que fue nuestra primera facultad, el antiguo pabellón de farmacia del recinto modernista del hospital de la Santa Creu y de Sant Pau, que en aquella época, 1968, continuaba funcionando como tal en los pabellones diseñados por Domènec i Montaner, hoy en día sustituidos en su función asistencial por el moderno edificio construido en la parte trasera de la enorme parcela de terreno donde se ubica todo el complejo.
Claro que las circunstancias son ahora completamente distintas de las de hace 56 años, cuando empecé medicina. Entonces era un chaval de 16 años, el primero de mi familia en llegar a la universidad, que iniciaba con ilusión desbordante su formación para lo que había de ser la profesión a la que dedicaría su vida laboral. Ahora soy un jubilado de 72, que empiezo, también con gran ilusión pero ya sin ninguna expectativa profesional, unos estudios por el puro placer intelectual de progresar como persona, de adquirir conocimientos en un campo del saber que siempre me ha atraído y que me permitirán comprender mejor el mundo en el que vivimos.
La universidad, la sociedad y el país también son completamente distintos hoy. En el 68 vivíamos en la grisura del tardofranquismo desarrollista, sin libertades ni derechos políticos, con una represión feroz de cualquier tipo de disidencia; ahora lo hacemos en un sistema democrático, con defectos e imperfecciones, pero con libertades civiles y políticas, aunque algunas leyes y algunas actitudes judiciales hacen en ocasiones chirriar la maquinaria. España ya no es un país menospreciado y, en cierto modo, apestado. Ahora somos un miembro importante de la UE y la OTAN y formamos parte del grupo de países democráticos más avanzados del mundo, con un estado del bienestar envidiable, aunque tensionado y sometido a riesgos de futuro y con un régimen político representativo multipartidista, en parte oscurecido por el auge reciente (y creciente) de la extrema derecha.
El cambio más aparente, aparte del político, es, sin duda, el tecnológico. En el 68 los ordenadores ocupaban habitaciones enteras, no había teléfonos móviles, la televisión era en blanco y negro y solo había dos canales, los discos eran de vinilo, empezaban las “casettes” y aun no habían llegado los sistemas domésticos de vídeo. Ahora hemos asistido a la aparición y obsolescencia de los vídeos, cds, dvds, etc. todos sustituidos por los sistemas de “streaming” y a la casi desaparición y resurrección de los vinilos. Vivimos en la época de la omnipresencia de internet y los teléfonos inteligentes y la educación ha evolucionado en consecuencia, aunque los libros, sea en formato físico o electrónico, siguen siendo fundamentales.
En las clases los únicos dispositivos audiovisuales de que se disponía eran los proyectores de diapositivas y los de objetos opacos. Después llegaron otros sistemas que hoy ya han desaparecido, o casi. Ahora basta un ordenador conectado que presenta en pantalla la información elaborada por el profesor. Eso sí, sigue habiendo pizarras en las aulas, así como tiza y borradores, lo que resulta reconfortante, al menos para mi, aunque su uso sea testimonial, excepto en algunas especialidades como matemáticas, física y química, en las que aun las siguen llenando de ecuaciones y fórmulas.
Veremos cómo se me da esta aventura, con compañeros cincuenta años más jóvenes plenamente integrados en el mundo digital actual, que utilizan de un modo casi automático los cachivaches electrónicos que a mi a veces me resultan arcanos insondables. Pero tampoco es cuestión de desanimarse; el conocimiento es siempre el mismo, con independencia de cuál sea el soporte de transmisión.