Dijo recientemente Albert Rivera que “no podemos tener un modelo democrático que dependa de los límites morales de un presidente”. Y esa luminosa apreciación, que tan bien retrata la forma en que Pedro Sánchez gobierna hoy despóticamente España, resulta igualmente aplicable a Donald Trump, con quien Sánchez presenta bastantes más similitudes -ya lo explicó con brillantez, en la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, Cayetana Álvarez de Toledo- de las que nunca quiso imaginar.
Trump no es más que un promotor inmobiliario cateto venido a más, a quien no le estorban su ineducación ni sus pésimos modales para la misión que pretende desempeñar. Ya el vídeo difundido por su colaborador Elon Musk sobre sus proyectos inmobiliarios en Gaza delataba su concepto de vida, trufado de rascacielos, esculturas doradas, chicas en bikini y dólares cayendo sobre dos patanes que bebían cócteles tumbados junto a una piscina. Un remake de “Los bingueros” de Pajares y Esteso, versión 2025 y con galán pelirrojo. Para las risas de algunos fanáticos y sonrojo de la humanidad.
La segunda demostración consecutiva de paletismo de nuevo rico se produjo, poco después, en la misma Casa Blanca que un día albergó la remota grandeza de Abraham Lincoln. La gran América representada en su inmortal discurso de Gettysburg (“Hace ochenta y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación, concebida en libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales. Ahora estamos envueltos en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo”...) se vio mancillada por los groseros exabruptos con los que su sucesor en el Despacho Oval (resultaría ofensivo llamarle “heredero”) humilló de forma televisada al desconcertado Volodimir Zelenski. Maltrato público y degradante al más débil que descalifica a cualquier persona, e inhabilita cualquier razón que el pueblo norteamericano pudiera tener sobre la guerra de Ucrania o el importante gasto militar invertido en la defensa de Europa.
Con independencia de los intereses económicos o geopolíticos de Trump o de su lucha contra el “wokismo” -con la que estoy bastante de acuerdo, aunque jamás con sus formas groseras- comportarse como un sheriff matón, chulesco e ineducado no le va a reportar excesivas alegrías en la esfera internacional. A pesar del deterioro educativo del mundo actual, muchos resortes del comercio y las relaciones multinacionales siguen exigiendo viejos códigos que el engreído cowboy es incapaz de manejar. Las complejas negociaciones diplomáticas nunca deben gestionarse como la compra de un solar por un promotor prepotente a una familia menesterosa. Solo le faltó eructar, acomodarse el paquete y sacarse el palillo de los dientes para clavárselo en la mano al rival.
Ha escrito Francis Fukuyama que a Donald Trump no se le puede calificar como un fascista -cree que nunca ha estado guiado por ninguna idea- ni tampoco solamente como un político autoritario. Su obsesión por marginar al poder legislativo y gobernar mediante decretos ejecutivos le hace estar “repatrimonializando” los Estados Unidos -al estilo de un ávido promotor inmobiliario- para gobernarlos a su antojo colonizando las instituciones y eliminando los controles al poder -otra semejanza con Pedro Sánchez-. Piensa Fukuyama que antes el mundo estaba dividido en ideologías, pero hoy lo está en bandas criminales peleando por territorios y sistemas de protección.
Terminando con un comentario ligero ante este preocupante panorama mundial, algún espíritu valeroso debería enseñar al promotor cateto cómo anudarse las corbatas. Aunque cuesten 300 dólares, poco podemos esperar de alguien a quien siempre le cuelgan como el badajo de una campana.