Comienza a ser frecuente -y por ello, preocupante- la presencia de mascarillas y guantes de plástico tirados por las calles, zonas verdes y playas. Desde que el Gobierno las convirtiese en elemento obligatorio siempre que no se pudiese garantizar la distincia física, los ciudadanos se han visto obligados a consumir un producto que, en su inmensa mayoría, es de usar y tirar. Del hospital a la calle, las cifras se han disparado convirtiéndose en el nuevo residuo estrella que debe ser depositado, recogido y tratado según los protocolos establecidos. Sin embargo, el incivismo de algunas personas que se deshacen de ellas en cualquier rincón de la vía pública, preocupa a las autoridades por sus efectos nocivos sobre la salud pública y también medioambiental.
El coronavirus nos ha cambiado la vida y los hábitos. Trabajo, reuniones, paseos, ocio, viajes... Todo ha cambiado y en todo se ha colado un elemento hasta ahora lejano y muy oriental: la mascarilla.
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Su uso empezó siendo simplemente una recomendación pero desde el pasado 20 de mayo, los ciudadanos que pisen la calle y no puedan garantizar la distancia de seguridad, deben llevarla puesta.
La opción reutilizable existe pero el grueso de mascarillas que consume la población son desechables, con mayor o menor vida útil, pero desechables. El propio Gobierno indicó el camino regulando el precio de las quirúrjicas. En tiempos de pandemia, adiós a la cultura del residuo cero y reciclaje.
MASCARILLAS Y GUANTES: AL CONTENEDOR GRIS, NO AL AMARILLO NI AZUL
Una vez agotada su vida útil, la gran pregunta del ciudadano responsable será: ¿dónde la tiro? La respuesta es al contenedor gris, es decir, a rechazo. Resumiendo mucho, todo aquello que no son plásticos ni papel ni vidrio y que no deben ser depositados en un punto verde.
En el caso de Mallorca, la empresa concesionaria del servicio de tratamiento de residuos urbanos, Tirme, sigue un protocolo para cada fracción. En el caso del rechazo, la manipulación por parte del personal es nula. No hay triaje como en las plantas de tratamiento de Cataluña. Aquí el camión descarga y la basura se transporta a la incineradora. Los residuos, incluídas las mascarillas potencialmente contaminadas con Covid-19, arden a más de 800 grados, asegurando la completa destrucción de cualquier patógeno, incluido el coronavirus.
Caso diferente es el de aquellas máscaras y guantes protectores que algún ciudadano despistado (o de voluntad recicladora encomiable pero errónea en este caso), deposita en el contenedor azul (papel) o amarillo (plásticos).
Para este último, el proceso que desarrolla Tirme prevé una estancia de 72 horas en unas instalaciones al aire libre antes de su tratamiento. Envases, botes, latas y ahora también, guantes, descansan en una parcela durante tres jornadas para borrar cualquier rastro del coronavirus en dichas superficies.
En el caso del papel y cartón -a cuyos contenedores van a parar algunas mascarillas de celulosa-, el proceso es el mismo: 72 horas antes de su tratamiento. La empresa gestora de ello es Saica, Tirme sólo se encarga de su dynamicado.
UN RESIDUO EN AUMENTO AUNQUE DE MOMENTO, SIN CIFRAS OFICIALES
Al ser de uso obligatorio para millones de personas, las mascarillas se han convertido en un residuo a tener en cuenta aunque de momento su volumen está sin cuantificar. Fuentes de Tirme indican que, de momento, la cantidad es ínfima por las dimensiones y peso de las mismas y ven complicado llegar a concretarlo.
En lo que sí hay registro de un aumento exponencial es en el capítulo de residuos sanitarios infecciosos, es decir, material de hospitales y centros de salud expuestos al Covid-19.
La planta de valorización energética de Son Reus (PVE), que se encarga de tratarlos tras un proceso de esterilización, ha sumado un total de 369,5 toneladas de residuos sanitarios. De infecciosos, supone un 154 por ciento más que en el mismo período del año pasado.
Han llegado para quedarse, en hospitales, centros de salud, residencias, oficinas, supermercados, tiendas...
PREOCUPACIÓN POR EL DESASTRE ECOLÓGICO
...Y desgraciadamente, también en la vía pública, zonas verdes y playas. El incivismo no iba a desaparecer con la pandemia y amenaza con abrir un nuevo frente extremadamente preocupante: la contaminación ambiental.
Desde hace semanas, con el inicio de la desescalada, comienza a ser demasiado habitual la imagen de mascarillas y guantes tirados por las calles. Un gesto que atenta contra la salud pública y también contra el medioambiente.
Entidades ecologistas, como Greenpeace y SeabirdLife, ya están alertando de la catástrofe medioambiental que pueden ocasionar a mares y océanos si la ciudadanía y administraciones se desentienden de su correcta gestión. A las toallitas, pajitas o latas en el fondo del mar habría que sumar ahora mascarillas y guantes.
De hecho, el Ajuntament de Palma ha iniciado una campaña en redes sociales, paradas de autobús y otros puntos de ciudad para pedir a los ciudadanos que hagan un uso responsable y se deshagan de ellos en el contenedor gris.
Recuerda, además, que la Ordenanza de Residuos y Limpieza recoge sanciones de hasta 750 euros para el abandono de estos u otros residuos en la vía pública.