Cuando los grillos cantan por la noche, parece como si con su canto nos quisieran dar siempre un poco de paz y de tranquilidad.
Y no importa dónde estemos o cuál pueda ser nuestro posible estado de ánimo en esos momentos, pues esa serenidad la sentimos igualmente.
Hay noches así, sobre todo en los meses de estío, en que la brisa mueve suavemente las hojas de los árboles y en que los grillos cantan de forma acompasada en medio de la campiña o en algún rincón de nuestra querida ciudad o de cualquier otra ciudad.
Y todo es entonces un poco más fácil, incluso las cosas quizás más difíciles, como una estancia en un hospital, la larga espera en una estación vacía, una noche de desvelo y de insomnio, el desamor no esperado, la tristeza no deseada, la soledad no querida.
Mientras los grillos cantan, y la brisa mueve las hojas de los árboles, y las estrellas brillan allá, en lo alto, seguro que además deben de pasar cosas mágicas en no pocos lugares.
O, al menos, debe de ser aún más agradable leer sosegadamente en una habitación, o escuchar un bolero, o estar en un café, o pasear sin prisas, o ver una película en casa, o incluso preparar a fondo un examen que seguramente no será luego tan complicado como parece ahora.
Cuando los grillos cantan por la noche, notamos que aunque podamos estar tal vez muy solos, su canto siempre nos ayuda y nos hace compañía.