Esta misma semana, le comentaba a mi buen amigo Antoine lo difícil que me está resultando poder cumplir mi viejo sueño de lograr encontrar algún día a una auténtica femme fatale, que además debería de vivir en Palma, pues ya saben ustedes que yo no he sido nunca de mucho viajar o salir.
Para intentar animarme, Antoine me dijo que él cree que es más fácil que yo llegue a conocer antes a una réplicante fatale, como por ejemplo sería la coprotagonista de Blade Runner, que a una femme fatale isleña más o menos cercana a mi casa.
Y lo cierto es que con los continuos y espectaculares avances que hay hoy en robótica y en inteligencia artificial, es bastante plausible que al final llegue a ser efectivamente así. De momento, tenemos ya a Alexa, el robot aspirador, el coche híbrido, la freidora de aire o la Thermomix.
Por suerte para mí, las posibles diferencias entre una femme fatale y una réplicante fatale serían además seguramente mínimas, tal como pudimos constatar ya en su momento en la citada película de Ridley Scott. Tan sólo sería necesario que en lugar de vivir en ciudades como Los Ángeles, alguna hipotética replicante fatal decidiera instalarse de manera definitiva y permanente en Mallorca.
Como les decía hace un momento, en Blade Runner Rachael —Sean Young— cumplía casi todos los requisitos de una mujer fatal canónica, por lo que no resultaba nada sorprendente la fascinación que el agente Rick Deckard —Harrison Ford— sentía por ella.
Rachael era reservada y poco dada a hablar de sí misma, aunque en su mirada melancólica y algo atormentada era posible vislumbrar algún gran secreto personal, que en su caso intuíamos que podía ser no sólo de carácter amoroso, sino también cibernético o metafísico.
En cuanto a su manera de vestir, era siempre muy elegante y sensual, idéntica a la de las mujeres fatales cinematográficas de los años cuarenta. Como ellas, Rachael llevaba también los labios pintados siempre de rojo, portaba unos tacones infinitos y fumaba con sumo refinamiento, lo que contribuía a darle un halo de misterio y de seducción aún mayor.
Con todo, la fuerza y la magia del personaje de Rachael no hubiera sido la misma sin el rostro y la presencia de Sean Young, una gran y temperamental actriz que años después demostraría en diversas ocasiones que también tenía algo de mujer fatal fuera de la gran pantalla.
No entraré aquí en muchos detalles, pero seguro que muchos de ustedes aún recuerdan que tras una breve relación con el actor James Woods, Sean Young habría decidido enviarle a él y a su novia de entonces fotos de cadáveres humanos y de animales mutilados, así como también pisotear las flores del jardín de la mansión familiar y dejar una muñeca decapitada en la entrada de aquella casa. En fin, lo normal tras una pequeña decepción amorosa, una situación que, por fortuna, se acabaría reconduciendo poco después con un amigable acuerdo extrajudicial.
Mi amada Rachael volvería a aparecer fugazmente en Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, estrenada treinta y cinco años después de Blade Runner. Habían pasado, pues, casi cuatro décadas desde su primera aparición sofisticada y modélica, pero para mí Rachael era y seguirá siendo siempre la réplicante fatale perfecta.