Escribo esto de noche y en mitad de la galerna desatada por Trump. El panorama cambia a una velocidad sorprendente, y es posible que en el tiempo que transcurra entre el momento de ser escritas y el de ser leídas estas líneas queden obsoletas. Tal vez se avecine una ola aún más grande que las anteriores, como la que George Clooney y sus compañeros contemplan maravillados en La tormenta perfecta. La situación, desde luego, no invita al optimismo.
Recordemos que no ha transcurrido ni una semana desde que el vicepresidente norteamericano J.D. Vance nos regañó a los europeos en Múnich. Denunció, por ejemplo, el acoso que sufre la libertad de expresión, y la creciente tendencia a expulsar del debate público a las posiciones políticas consideradas incorrectas, que siempre suelen ser las de derechas; a pesar de sus modales, en esto no le faltaba razón. Vance es autor de Hillbilly elegy, un superventas que aquí se ha traducido como Una elegía rural en vez de Elegía del palurdo, que es más preciso. Él, desde luego, no lo es. Consiguió salir de ese mundo opresivo que retrata por un camino de superación que lo llevó al Cuerpo de Marines y a la universidad de Yale. En fin, que asistimos al sermoncito de Vance con cierta comprensión, pero todo se desvaneció a los pocos días.
Trump ya había anunciado que se reuniría con Putin, y añadió que era poco probable que Ucrania recuperara todos los territorios que tenía antes de la invasión. Es que han muerto muchos rusos luchando por ellos, justificó, y así reveló que los muertos ucranianos le merecen una consideración menor. Y ni hablar de incorporarse a la OTAN, añadió, y así dejó claro que Ucrania no es, para él, un país soberano. Finalmente se reunió con los enviados de Putin en Arabia Saudita. Que el país invadido quedara fuera de las negociaciones recordó precisamente a Múnich, en 1938. Es poco probable que Checoslovaquia recupere los Sudetes, podría haber dicho también Chamberlain. Pero cuando Zelensky advirtió que no aceptaría acuerdos en los que Ucrania no hubiera participado Trump se puso hecho una furia y echó a Zelensky (un «actor mediocre») la culpa de la guerra. Él, que acababa de sentarse con Putin, llamó al presidente de Ucrania «dictador sin elecciones», y le advirtió brutalmente de que, si no reacciona (si no acepta lo que decida Trump) se quedará sin país. Es obvio que la culpa de la guerra es de Putin ¿Por qué, entonces, mintió tan descaradamente Trump? ¿Por qué empleó ese matonismo tan desagradable de contemplar? ¿Por qué tratar tan cruelmente al país que se defiende con tanto valor bajo el liderazgo del presidente que se negó a huir ante la invasión? Sin duda porque es preferible denigrar a Zelensky para que su apuñalamiento no parezca tan feo. Echa basura sobre él para no quedar tan mal cuando se lo cargue. Inmediatamente Vance (esta vez sí, como un paleto) salió para reforzar a su jefe e insistir en la amenaza a Zelensky: ojito que te quedas sin nada. De este modo su homilía de la pasada semana resultó no ser más que una monserga.
Los partidarios locales de Trump quedaron momentáneamente desconcertados. Los que dicen admirar el patriotismo se vieron de repente en el dilema de continuar admirando el más evidente y verdadero (el de los ucranianos que se han enfrentado a un enemigo superior) o apoyar acríticamente al que los va a apuñalar. Enseguida realizaron los ajustes (de disonancia) necesarios: la culpa es de los anglos, de Europa, de la OTAN, del woke, de Soros, de la división Azov… Los que manifiestan admiración por los ucranianos son unos militaristas de salón que
juegan a guerritas y quieren que mueran nuestros hijos. Los resultados no han sido por el momento brillantes y las contradicciones han sido insuficientemente camufladas, como puede comprobar todo el que se asome a las redes. Y es que de nuevo asistimos a ese penoso proceso en el que la posición de un partido (determinada generalmente por la conveniencia de sus líderes) acaba fijando la posición moral de sus adeptos.
Pero no hablemos de moral. «Es la Realpolitik, ingenuos», y con esto quieren decir que los principios y valores no rigen en el panorama internacional; esto, realmente, es una enmienda a la totalidad a la civilización occidental. Y por otra parte el que acepte limitar la vigencia de los valores al interior de su país estará tentado a reducir su ámbito aún más y a circunscribirlos a su tribu, tenga esta la forma de un partido, una secta o una banda. Parece que vamos hacia un mundo menos agradable, y hay quien lo contempla con agrado.