En los últimos años, Mallorca ha visto cómo los grandes centros comerciales se han ampliado sin control. Para algunos, esto es progreso, pero en realidad, están arrasando con el pequeño comercio, el verdadero motor de nuestra economía local. No se puede hablar de libre comercio cuando unos pocos tienen todo el poder y los pequeños negocios compiten en clara desventaja. Hay estudios que afirman que cada puesto de trabajo que crean los centros comerciales destruye tres en el pequeño comercio.
En Baleares, la economía está plagada de monopolios, oligopolios o empresas con una posición dominante: el agua (Emaya), las ITV, las plazas hoteleras, el urbanismo, Aena (aeropuerto), Endesa, las navieras Balearia y Trasmed, el SMAP... Todo está restringido, todo está regulado, pero solo se habla de "libertad" cuando se trata de comercio. Si realmente queremos un mercado libre, primero hay que liberalizar todo, no solo lo que afecta a unos pocos.
Cada vez que abre o se amplía un nuevo centro comercial, las tiendas de barrio, los mercados y los negocios familiares pierden clientes. No pueden competir con los que bajan precios hasta eliminar a la competencia. Cuando cierran estos negocios, no solo desaparecen empleos, sino también un modelo de comercio cercano y de calidad.
Además del impacto económico, está el daño medioambiental y social. Mallorca es un territorio limitado, y seguir construyendo sin control significa más tráfico, más consumo de recursos y más presión sobre las infraestructuras. Este modelo de consumo solo beneficia a los gigantes comerciales y perjudica a los productores locales, aumentando la dependencia de mercancías traídas de fuera.
El progreso no debe destruir la diversidad empresarial ni concentrar el poder en unos pocos. Si realmente queremos un comercio libre, hay que garantizar que las condiciones sean justas para todos:
Menos trabas para los pequeños empresarios.
Más apoyo a la digitalización del comercio local.
Políticas que favorezcan el consumo de proximidad.
Eso es crecimiento real, equilibrado y sostenible.
Mallorca no necesita más centros comerciales; necesita un modelo económico que respete su identidad, fomente la competencia real y garantice un desarrollo sostenible. Apostemos por el comercio de proximidad, los negocios que generan empleo estable y una economía que beneficie a toda la comunidad, y no solo a unos pocos gigantes empresariales.
La libertad de comercio no debe ser sinónimo de monopolios encubiertos, sino de oportunidades para todos.