El día 18 de julio de 1938, cuando se cumplían dos años del inicio de la Guerra Civil, el presidente de la República española Manuel Azaña, abrumado por su propia contribución al desastre nacional, dijo en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona: “es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.
El anhelo de reconciliación que inspiró ese famoso discurso vino a materializarse, pocos años después de la muerte de Franco, en el espíritu de la Transición con la aprobación de la Constitución Española de 1978. Ésta representó una generosa superación de los odios y rencores entre españoles, y una firme voluntad -expresada por todos los partidos políticos y refrendada por la abrumadora mayoría del pueblo español- de afrontar una nueva etapa democrática en paz, libre de todo agravio, resentimiento y servidumbre del pasado. En 1978, dirigidos por el Rey Juan Carlos I y Adolfo Suárez, que habían heredado sus poderes de la dictadura y los pusieron al servicio de la democracia, los españoles enterramos los viejos odios de nuestros abuelos para poder gozar de un futuro en paz.
Todos esos buenos propósitos funcionaron de una manera ejemplar, reconocida en el mundo entero, hasta que una banda de miserables, abanderada por José Luis Rodríguez Zapatero y continuada hasta el paroxismo por Pedro Sánchez Pérez-Castejón, trató de resucitar los viejos rencores solo para lograr mantener el poder y tapar sus habituales casos de corrupción, que en el caso de este último alcanzan a su mujer, a su hermano, a su mano derecha de siempre en el PSOE y hasta a su fiscal general del Estado.
Esta es la razón única del actual revival de Franco, cuya muerte vamos a conmemorar -pagando con dinero público más de veinte millones de euros, entre el Comisionado, su oficina, sus asesores, y los gastos en publicidad- durante cien actos en el año 2025. Un dictador que, cuando falleció, Sánchez tenía tres años, con lo que pueden ustedes calibrar la huella profunda que le pudo dejar. Y si la patochada no le funciona, igual desentierra al Rey felón Fernando VII, fallecido en 1833 -pronto se cumplirán 200 años- para tratar de erosionar a esa Monarquía que le está arrollando en popularidad desde su vergonzosa huida de Paiporta.
El lunes 17 de marzo, el presidente de El País -el franco-armenio Joseph Oughourlian- escribió en su diario una tribuna en la que comentaba las maniobras de Sánchez con Telefónica para echarle del cargo, diciendo textualmente: “sería inaceptable que, cuando estamos recordando que hace ya 50 años murió el dictador Francisco Franco, alguien cayera en la tentación de tratar de adueñarse de un medio de comunicación independiente desde el poder, bien directamente, bien utilizando alguna empresa estatal como instrumento”.
Mientras Sánchez vive fascinado con el espíritu de Franco (recordemos que el PSOE desapareció durante la dictadura franquista, dejando la oposición al régimen en manos del PCE), su colaborador Zapatero actúa -seguro que bien retribuido- como blanqueador internacional de Nicolás Maduro, un dictador muy vivo que falsificó las elecciones presidenciales de Venezuela y mantiene a su pueblo tiranizado bajo una cruel dictadura comunista. Sorprendentemente, España no constituye uno de los países que reconoció la victoria electoral de Edmundo González Urrutia. Un partido como el PSOE, obsesionado con un dictador muerto y que respalda a dictadores vivos, solo aspira en el fondo a perpetuarse como ellos.