Una década atrás estaba de moda en los medios de comunicación recitar una frase que rebosaba optimismo sobre el presente, y que auguraba un gran futuro para nuestro país. “En España tenemos la generación joven mejor preparada de nuestra historia”. A ver quién era el guapo que rebatía aquella afirmación en público, con uno de cada tres jóvenes españoles entre 18 y 24 años cursando estudios superiores. España era el país de la OCDE con más universitarios respecto a la generación de sus padres. Eran más de un millón y medio de estudiantes de grado y postgrado matriculados en 84 universidades (en 1990 sólo había 39). Eran cifras tan apabullantes que lograban tapar los elevados índices de abandono escolar, y nuestro vergonzante liderazgo europeo en el ranking de paro juvenil.
Sucedía por entonces que uno hablaba con profesores de la ESO, y algo no cuadraba. En general, te decían que el nivel del alumnado empeoraba cada año, y en los entornos socio económicos más bajos ese descenso era alarmante. Como es lógico, semejante regresión académica, más pronto que tarde tenía que manifestarse también en la universidad. Aún recuerdo un almuerzo en 2019, en casa de unos amigos, cuando un profesor de Derecho de la UIB me explicó que, en su caso, corregir un examen de un alumno sin ninguna falta grave de ortografía, era una hecho excepcional.
He recordado la anécdota al leer esta semana en el diario Ultima Hora que Margalida Capellà, profesora de Derecho Internacional de la UIB, ha publicado un estudio titulado Cómo aprenden Derecho los alumnos de la generación Z en la era del Chat GPT. Sus conclusiones son deprimentes, como era de esperar, pero me ha resultado muy interesante por dos motivos. En primer lugar, por el perfil de la autora. Capellà es una jurista comprometida con muchas de las causas que abandera la izquierda, y fue diputada en Parlament balear por Més per Mallorca. Así que, como mujer progresista que es, nadie le va a decir que tiene un concepto rancio, anticuado o viejuno de la docencia cuando denuncia que los alumnos “antes nos pedían clases dinámicas, y ahora las piden divertidas”. La pedagogía orientada hacia el club de la comedia. El profesor reconvertido en Leo Harlem, la profesora en Eva Hache.
En segundo lugar, por su valentía. Era un secreto a voces el paupérrimo nivel de muchos de los alumnos que acceden hoy a la Universidad, tanto pública como privada, especialmente en las carreras de Humanidades. Pero era un tema de cafetería, o, en el mejor de los casos, de lamento interno ante el claustro de profesores: “bufff, compañeros, qué desastre el curso de este año, no sé qué voy a hacer para no suspender a más de la mitad”. Capellà ha tenido el arrojo de salir del armario corporativo, estudiar el fenómeno y publicar los resultados en un informe riguroso.
Apunta el estudio a “dificultades gravísimas de comprensión lectora, falta de pensamiento critico, vocabulario muy simple, desconocimiento de hechos históricos y datos geográficos básicos”…Estamos hablando de chicos y chicas que han aprobado el bachillerato y superado las pruebas de acceso a la universidad. Ahora imaginemos la situación de los que no terminan la ESO y abandonan los estudios en cuanto cumplen la edad legal mínima para hacerlo en España, 16 años.
Dice Capellà, con razón, que “la situación es preocupante porque, en Derecho, hay que saber leer, escribir y argumentar; en definitiva, pensar”. Y yo añado: igual que en la vida. Tener criterio implica saber cribar la información, y para ello es necesaria la capacidad de prestar atención, de reflexionar, para así explorar diversas opciones y valorar las soluciones a los problemas que se nos plantean. Aparte de la frustración por no vislumbrar un futuro halagüeño, algunos se preguntan el motivo por el que crece entre los jóvenes la simpatía hacia los populismos (antes los de izquierdas, ahora los de derechas). La ignorancia siempre ha sido terreno abonado para los vendedores de crecepelo, hoy transformados el políticos avispados que vociferan soluciones sencillas para problemas complejos.
El panorama es desolador, y, analizando el escenario internacional, no exclusivo de España. Pero quizá haya esperanza y aún no nos extingamos, tal y como profetizan los memes más divertidos que comentan la estupidez humana. La ciencia nos explica hoy el concepto de neuroplasticidad, es decir, la capacidad del ser humano para formar nuevas neuronas, y nuevas conexiones entre ellas. Lo mejor es que ese milagro de la creación se mantiene durante toda la vida, porque necesitamos el cerebro para sobrevivir en un entorno cambiante. El cráneo alberga nuestro órgano menos rígido, más flexible, el único que puede evitar que la generación Z acabe convertida en la generación zote.