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Europa: democracias mutando en burocracias

Por Pep Ignasi Aguiló
martes 25 de febrero de 2025, 05:00h

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Diferentes elecciones en distintos países europeos, no sólo las alemanas del pasado domingo, están dejando un mensaje claro: existe un divorcio entre las élites de los principales partidos y una parte significativa de la población. Esa es la lectura correcta que los dirigentes deberían estar haciendo. Hoy por hoy, el viejo y bello proyecto compartido de la Unión se está resquebrajando de la mano de los actuales mandatarios.

Ciertamente, las democracias europeas se están transformando en burocracias europeas. Hace tiempo que sostengo que el principal lobby es el de los propios funcionarios de mayor nivel. Y una burocracia puede ser definida como “el poder de nadie”, es decir, un Leviatán con vida propia independiente de sus electores. El voto a los partidos más rupturistas, tanto de un lado como del otro del espectro político, ha sido y es, sobre todo, un voto contra los dirigentes que alimentan al monstruo.

Los partidos radicales de izquierda aparecieron cronológicamente antes, por lo que ahora van a la baja al ser percibidos como parte de ese Leviatán. Están en alza los autodenominados patrióticos quienes entre ellos comparten casi exclusivamente el ideario de oponerse al statu quo dominante. Un statu quo que genera una sociedad dual, esto es, una sociedad con grandes masas de miembros bien posicionados, junto a otros muchos con enormes dificultades de inserción.

Las políticas pretendidamente verdes que imponen costes muchas veces inasumibles; la cultura woke que relega a un segundo plano a los que no forman parte de una minoría; el férreo control de los medios de comunicación que dificulta la expresión de ideas alternativas; la reducción de los espacios de libertad individual por la degradación de la presunción de inocencia; el fomento de culturas regionales o indigenistas segregadoras; la desgraciada gestión de la pandemia; el recurso permanente a la deuda que devalúa los ahorros y con ellos el esfuerzo; la opacidad sobre el uso de los ingentes fondos europeos; las dificultades de acceso a bienes básicos como la vivienda; el Brexit con consecuencias negativas tanto para el Reino Unido como para el resto, las sospechas de corrupción tapadas, etc. están provocando que no sean pocos los que se sienten excluidos del pastel comunitario.

En ese mismo sentido hay que interpretar la victoria electoral del presidente Trump en los Estados Unidos. Una reacción ante un tipo de política que deja a muchos atrás, a pesar de que proclame lo contrario con falsa insistencia. Esa, precisamente, es otra de las características del malestar: el uso de un lenguaje perverso (el politiqués, lo podríamos denominar) en donde se vacían las palabras de su significado. La verdad se esconde. Por lo que para amplias capas se hace muy difícil participar en la vida comunitaria al ser incapaces de entender y utilizar expresiones políticamente correctas. ¿Tal vez por eso apuestan por los líderes más estrafalarios y menos convencionales?

Desde luego, todos los niveles de poder están afectados por este mal, aunque claramente se agrava de forma peligrosa tanto en el Parlamento Europeo como en la Comisión. En parte porque demasiadas de sus figuras más prominentes llevan demasiado tiempo en sus puestos, por lo que no pueden reaccionar ante las nuevas situaciones sin comprometer su propia coherencia. Además, los perfiles de los mismos suelen ser el de personas que ya han pasado sus años más productivos, esto es, personas a las que se les recompensa con un seudo retiro dorado. Y en parte también porque al cerrar en falso la crisis de deuda del 2008 muchas de las importantes reformas que entonces se propusieron llevan demasiado tiempo en los cajones cerrados con llave y acumulando polvo, gracias a la utilización política de un Banco Central Europeo concebido con una orientación diferente, lo que, por supuesto, le resta credibilidad.

Todo lo anterior hace imposible la aparición de liderazgos en el seno de las propias instituciones comunitarias. Y para colmo de males, muchos gobiernos nacionales, como es el caso del español, recurren una y otra vez a endosar las políticas menos populares a la Unión, con la única finalidad de evitar asumir las propias responsabilidades.

Por todo ello, me inclino a pensar que el proyecto europeo está atravesando la etapa más crítica de su existencia. Pues si Europa no cambia de rumbo todo apunta a que el malestar seguirá creciendo, al tiempo que ciertamente, es muy difícil que con las estructuras actuales ese cambio se produzca. En cualquier caso, hay que considerar que si bien una parte muy considerable de la población europea está envejecida y es reacia a todo tipo de transformación; la otra que rechaza la situación actual es más joven, a pesar de ser todavía menos numerosa. La primera pierde peso demográfico, la segunda lo gana. El cambio se acabará produciendo. Las burocracias volverán a ser democracias, ojalá no ocurra de forma traumática.

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