Los españoles, otra cosa quizás no, pero cuando se sueltan la melena tiran de unos sufijos aumentativos que son lo más; en España lo más es lo más fetén. Lo que se les da mejor en este terreno son todas aquellas palabras que, sujetas a una lupa de aumento (tendencia muy carpetovetónica), incrementan y, si cabe, robustecen una acción, mayormente cuando se trata de ampliar el efecto de un golpe. Veamos, sino, vocablos como “martillazo” o “carpetazo” o “escobazo” o “trancazo”. He investigado en otros idiomas y, la verdad, no he encontrado en ninguno semblanza posible; no igualan la contundencia española que, por otro lado, es una de los hechos identitarios del Reino. Bueno, si me apuran, el cazajo (la lengua que utilizan los que viven y trabajan en Kazajistán) posee un sufijo parecido para los aumentativos citados.
En otros términos, hasta hace unas pocas décadas, el éxito venía precedido de haber dedicado —en cualquier actividad de la vida— la voluntad de prepararse adecuadamente, de aplicar una gran dosis de esfuerzo y estudio y de aspirar a realizar las tareas de la mejor manera posible. Se decía que las personas que acomodaban esos valores a su profesión u oficio, cualquiera que fuera, podían llegar a conseguir el éxito; y a fe que, muchos de ellos lo atrapaban, ya fuera de modo individual o con un reconocimiento más colectivo dentro del ámbito social. A los que alcanzaban el éxito se los designaba triunfadores.
Esta situación, como tantas, ha cambiado radicalmente. En los tiempos actuales a los exitosos se les continúa llamando triunfadores, pero lo que ha mutado es el procedimiento, el método, para llegar a este estado. Ya no valen esfuerzos ni estudios ni tesón ni talento ni brillantez intelectual, ni memoria ni nada de nada. Ahora mismo el éxito que mola es el conseguido a base de platós de televisión, concursos, focos, cámaras, insultos, divorcios, infidelidades, confesión de secretos interruptus, likes en Tik-Tok, apariciones como influencers y otras zarandajas del mismo estilo. Estamos en el éxito “todo a cien”, un auténtico “exitazo”; baratijas morales y conductas reprochables; y bajeza humana, claro.
Siempre he creído que el inventor de este nuevo sistema para lograr un reconocimiento público y una notoriedad consistente (y pasta, mucha pasta) es Julio Iglesias. Un hombre que partió de la base de una mediocridad suficiente y con una voz algo más que deficiente va y consigue un éxito imparable a nivel mundial y más dólares (reside en Miami, recuerden) que el Tío Gilito; ¡es una celebridad, oigan! Si se preguntan el porqué de este fenómeno no se retuerzan la sesera; la explicación es muy fácil: por la también mediocridad del público universal, de las masas planetarias. Dos mediocridades por el precio de una y, ambas dos, se atraen, se magnetizan.
Iglesias se ha reencarnado, actualmente, en muchos “muñecos” que, siguiendo su divino magisterio, aparecen a diario en revistas, radios y televisiones de todos los colores, especialmente rosáceos y amarillentos. Puede que la tal Belén Esteban y todo su circo sea la más notable exaltación de esta manera de llegar al paraíso de la fama y el renombre. Para este juego no vale exigir esfuerzo alguno ni conocimiento; simplemente, desenvoltura, garbo, desparpajo, descaro, desfachatez y, fundamentalmente, un histrionismo y mucho narcicismo (básico) acariciando la sinvergüencería. Nada más.
Visto este panorama ejemplar, no es raro que muchos jóvenes confundan el éxito con la excelencia y la fama con la vida de postín y, de este modo, lleguen a creer que no es necesario ningún tipo de preparación para llegar “lejos” pero, claro, muchos son los llamados y pocos los elegidos y así, cuando se dan cuenta de que la fama en sí no es nada, que es una caja vacía de contenido y repleta de ruido, ya se han pegado una leche colosal.
No sé, pero digo yo que ya sería hora de dejar de hacer el papanatas y empezar a educar a los chavales en los valores humanos y en la esencia de la vida.
Por cierto —y sin que nada tenga que ver con lo anterior— si ustedes gozan de una cierta edad y desean ser respetados como ancianos, no lo duden y viajen hasta Valencia: en todos los medios de transporte público (autobuses, metros, trenes y tranvías) se quedarán sorprendidos por un hecho concreto: tan pronto hayan ustedes subido a cualquiera de estos medios de transporte, inmediatamente, sin pausas, una gran cantidad de personas que viajan, sentados, en los respectivos asientos, se levantaran (al darse cuenta de su edad) para cederles, muy amablemente, sus puestos.¡Lo nunca visto! Urbanidad y civismo como ejemplo de ciudadanía y educación.
Creo que vale la pena citarlo y loarlo.
Recuerden: en Valencia..