Esta columna es, haciendo un cálculo optimista, para mayores de cuarenta años. Recordemos juntos qué es lo que sucedía en España en 1991. Lo primero que me viene a la memoria es el año siguiente, 1992, o sea, la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Por tanto, debíamos estar enfrascados en las obras de la Cartuja, Montjuic, y tal, y tal. Los más leídos recordarán también la Conferencia de Paz en Madrid para impulsar unos acuerdos entre Israel y los países árabes. Además, ETA le reventó el cuerpo a Irene Villa, y España prestó apoyo logístico, sin enviar tropas, en la primera guerra del Golfo, cuando Irak invadió Kuwait. Ustedes decidirán si todo esto les suena cerca o lejos en el tiempo, pero, en términos históricos, sucedió anteayer.
El 10 de enero de 1991, Gorbachov exigió a Lituania que volviera a adherirse a la Constitución de la Unión Soviética, tras haber decidido la república báltica un año antes declararse independiente y recuperar la Constitución del Estado lituano de 1938. Como no hicieron caso del ultimátum de Moscú, al día siguiente fuerzas de élite del KGB tomaron los edificios públicos de Vilna, y poco después atacaron los estudios de radio y televisión en la capital. Hubo catorce muertos y más de setecientos heridos. Una semana más tarde, tropas de esas mismas unidades soviéticas asaltaban el Ministerio del Interior de Letonia, en Riga, y mataban a cuatro personas. Es difícil de creer que estos sucesos no se recuerden por la mayoría de ciudadanos de las repúblicas bálticas mayores de cuarenta años.
Algunos pensarán que, a los más jóvenes de la Europa del Este, estas cosas les pueden sonar a batallitas del abuelo cebolleta. Pero hubo que esperar quince años más, hasta 2006 para que el general Jaruzelski fuera acusado en Polonia de crimen comunista, un delito recogido en el derecho penal polaco referido a la represión política y la violación de los derechos humanos. Jaruzelski fue condenado a ocho años de prisión, que no cumplió por razones de edad. El militar falleció el 25 de mayo 2014, a los 91 años. Murió en su cama, como Franco, pero cuarenta años más tarde.
Me vengo a referir a que hay que ir con cuidado a la hora de ir por Europa dando lecciones de apaciguamiento a según quien. Y se debe ser prudente al emplear un neolenguaje creativo que trata de ocultar realidades dolorosas y recientes. A Pedro Sánchez no le gusta emplear la palabra rearme para describir el hecho de rearmarse ante una amenaza probable. A mi no me gustan las palabras guerra, violación, dictadura, extorsión, crueldad, víctima, odio, injusticia, matonismo, destrucción, miseria, gulag, hambruna, obús, terror, represión, mentira, cobardía… son términos desagradables, pero me veo obligado a emplearlos cuando escribo sobre realidades o conductas humanas. Qué le vamos a hacer.
El otro día escuché al coordinador general de Izquierda Unida, Antonio Maíllo, argumentar en contra del incremento del gasto en defensa. A diferencia de Yolanda Díaz, Maíllo es un hombre culto y aseado en las formas, que en un tono profesoral lanzó su pregunta definitiva para oponerse al rearme militar: “¿Pero alguien cree de verdad que Putin puede atacar Europa?”. Como uno se niega a pensar que Maíllo es idiota, entiendo que este hombre se refería a la imposibilidad de ver de nuevo tropas rusas desfilando por las calles de Berlín. Donde Maíllo debería formular su duda es en Varsovia, Riga, Vilna, Tallín o Helsinki.
Lo que que debería hoy aclarar el comunismo es de qué habla cuando habla de Europa. Porque Europa hace tiempo que dejó de ser un concepto geográfico, para encarnar un concepto político que tiene mucho más que ver con valores que con fronteras. Por eso, los países que se sienten amenazados por el postcomunismo han hecho cola pacientemente ante Bruselas para ingresar en sus instituciones, y también en la OTAN. Es lógico que la extrema izquierda no crea en esa Europa. No me refiero a su burocracia o a Von der Leyen, sino a un sistema de valores, a una idea de convivencia que se desarrolló precisamente para frenar el nacionalismo expansivo que hoy representa Putin.
Pues bien, esta es la extrema izquierda que sostiene a Sánchez en el gobierno. Pasteleando con esas ideas, el presidente se fue de viaje a Finlandia, un país con 1400 kilómetros de frontera compartida con Rusia. Y allí se enfadaron con él por la ambigüedad de sus compromisos. Hace tres años, Putin acumuló miles de carros de combate en la frontera con Ucrania, afirmando que sólo eran unas maniobras militares y que no pensaba invadir el país vecino. Y la extrema izquierda le creyó, claro. ¿Dónde se ha visto que un dictador mienta? ¿No envió Hitler un whatsApp a Chamberlain anunciando con antelación que invadiría Polonia? ¿Acaso no avisaron en Twitter los japoneses del día y la hora exactas del ataque a Pearl Harbour? Los socios de Sánchez están en la guerra de Gila: “¿Está el enemigo? Que se ponga”. La estrategia de Sánchez para mantenerse en el poder le impide actuar como los socialistas alemanes, y buscar un acuerdo con la derecha sobre una política de defensa a largo plazo. No hacerlo supone dejar a España, una vez más, en el lado incorrecto de la Historia.