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El obispo que necesita Mallorca (y III)

Por Gregorio Delgado del Río
sábado 29 de marzo de 2025, 05:00h

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4. Con actitud positiva ante las mujeres y los sacerdotes. “No hay ya judío ni griego; no hay esclavo ni libre; ni hombre ni mujer…” (Gal 3, 28). Todos somos creados a imagen y semejanza de Dios, hijos de la luz, libres e iguales en dignidad, en derechos y deberes. Esta fue, sin duda, la novedosa aportación del cristianismo: la comunidad igualitaria de mujeres y varones. Después de veinte siglos y pico, seguimos, incluso con la instrumentalización del Magisterio, sin constituir dicha comunidad igualitaria. Al contrario, es evidente que en la comunidad de los creyentes en Jesús se recibe un trato dispar y discriminatorio, absolutamente inaceptable e incompatible con los signos de los tiempos y con el Evangelio. A la mujer, la mitad de la humanidad, se le tiene y dispensa un trato como ciudadana eclesial de segunda clase. ¡Vaya vergüenza!

El nuevo Obispo, en consecuencia, ha de ser firme opositor a la situación actual de la comunidad cristiana. Oposición que debe traducirse en la defensa sin tibieza de la igualdad y libertad de la mujer en todos los órdenes (expresión, investigación), sobre todo, en la recepción de la ordenación sacerdotal.

Por otra parte, el nuevo Obispo debe ser un firme defensor del derecho de los ministros eclesiales al matrimonio a fin de superar la discriminatoria situación existente: la prohibición de matrimonio a los sacerdotes, impuesta desde el s. XI. En este mismo orden de cosas, está llamado a impulsar la corrección de “la encíclica Humanae vitae de Pablo VI sobre la píldora, que ha alejado de la Iglesia a innumerables mujeres católicas y reconozca, de forma expresa, la responsabilidad de cada pareja sobre el control de la natalidad y el número de hijos” (Hans Küng).

5. Verdadero garante de la libertad y la apertura en la Iglesia. Ya hace tiempo (al menos, desde el Vaticano II), que se debieron dejar atrás posiciones católicas insostenibles por ser contrarias al Evangelio. Ya no es posible hablar de la “fe cristiana como la única religión legítima sobre la tierra” (Hans Küng), a la vez que se desprestigian las demás con argumentos calificables de peregrinos. ¡Una evidencia! Incluso Juan Pablo II “permitió que en un escrito doctrinal aprobado por él se afirmara que los no cristianos viven ‘objetivamente en una situación gravemente deficitaria’” (Hans Küng). ¡Grave error!

Un mínimo conocimiento de los signos de los tiempos debiera inducir en la Iglesia a valorar más aquilatadamente las exigencias derivadas de la laicidad: distinguir mejor los ámbitos de competencia de la Iglesia y del Estado. Ello en base a Mc 12, 17: “Lo del César, devolvedlo al César, y lo de Dios, a Dios”. Dicho de otro modo, o precisando lo que conlleva, a la vista de los muy frecuentes posicionamientos eclesiales, habría que subrayar vigorosamente que “el Evangelio puede inspirar una visión del mundo y por ende mover el ánimo a crear una sociedad más justa, pero no puede traducirse directamente en artículos de ley” (Claudio Magris). Lo ha dicho con brevedad y precisión el nuevo arzobispo de Washington, cardenal MacElroy:” “la Iglesia debe dar testimonio, no hacer política”. ¡Perfecto!

Todo lo insinuado anteriormente reclama un Obispo con un talante muy específico: Poner en acción la humildad frente a otras religiones y no relacionarse con ellas a partir de la creencia de estar en posesión del monopolio de la verdad y en la interpretación de la realidad (Francisco); atreverse a ejercer su ministerio (LG, nn. 24-27) con un cierto grado de autonomía (LG, nn. 24-27), pues ‘son, individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares’ (LG, n. 23; cf. n. 22), sin esconderse frente a posibles preguntas comprometidas (responsabilidad); tener el coraje, frente a un primado absolutista, de mostrarse partidario de un primado de servicio desde el Evangelio y siempre con respeto a la libertad de los hijos de Dios.

Los tiempos actuales inducen, sin duda, al pesimismo. Es comprensible que muchos se sientan decepcionados y sin esperanza alguna. Sin embargo, el nuevo Obispo, precisamente, estará llamado a infundir aliento y suscitar esperanza en la comunidad de creyentes que peregrina en Mallorca. Le será muy útil la Bula de Francisco, La esperanza no defrauda, del 9 de mayo de 2024, por la que se convoca el Jubileo Ordinario 2025. Pero, sobre todo, ha de marcar el rumbo en la Iglesia que presida, consistente en el cambio y estilo de vida de los miembros integrantes de esta “peculiar sociedad cristiana” (Tertuliano). Aquí radica la clave de un futuro esperanzador para la Iglesia en Mallorca: en la vida según el modelo evangélico.

Gregorio Delgado del Río

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