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El obispo que necesita Mallorca (II)

Por Gregorio Delgado del Río
sábado 22 de marzo de 2025, 04:00h

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En esta nueva entrega, intentaré responder directamente a la pregunta implícita

en el título: El Obispo que necesita Mallorca. La respuesta, en concreto, la expresaré mediante ciertas observaciones y reflexiones, que conllevan sus respectivos criterios a tener en cuenta al elegir el nuevo Obispo.

- Un verdadero cristiano. Como subrayó Hans Küng en relación con el Papa, el Obispo, en la comunidad que preside en la unidad y en la caridad, no “ha de ser un santo, ni un genio; puede tener sus limitaciones, errores y carencias. Pero debe ser cristiano (…): inspirado en el pensamiento, la palabra y la acción por el Evangelio de Jesucristo como norma determinante”. No basta con las habituales proclamas hipocritonas. Son necesarios los hechos. Sobre todo, el testimonio coherente de la vida.

- Con mentalidad evangélica. La Iglesia en Mallorca, al igual que la Iglesia universal, se halla inmersa en una muy profunda contradicción entre lo que se predica y lo que se hace, incluso en cuestiones fundamentales. Cambiando lo que se deba cambiar, es innegable que, por estos pagos, también se le ha venido quitando importancia a muchas exigencias de Jesús, que no interesaban a otros efectos o intereses inconfesables. La Iglesia en Mallorca también ha adoptado actitudes que conllevaban una verdadera marginación del Evangelio y un auténtico desplazamiento de Jesús del centro mismo del cristianismo. ¿Acaso no se le ha reprochado a Jesús, que volviese, precisamente, a ‘estorbarnos’? Vuelve a leer a Dostoyevski, Lo hermanos Karamásovi. Parte II. Libro V. Cap. V: El Gran Inquisidor.

A partir de tal evidencia generalizada, no debiera extrañar a nadie que en su seno se hayan protagonizado graves escándalos que han dado al traste con su credibilidad y su influencia en la opinión pública. Ahí están, por poner algún ejemplo, el abuso clerical contra menores y mayores vulnerables, la incapacidad de resolver ciertas controversias internas de carácter patrimonial mediante el diálogo respetuoso y sin tener que acudir a los tribunales estatales y esa extraña confusión entre religión y política en torno al nacionalismo político, del que, a veces, se hace gala. Las consecuencias ni siquiera es necesario mencionarlas. ¡Vaya contra testimonio!

Nada de todo lo anterior ni de todo lo que circula a su alrededor se resolverá con los cambios (´remiendos´) de las numerosas estructuras orgánicas, aunque sea preciso

extinguir algunas y modificar a fondo otras. No dejan nunca de ser instrumentales. Es más, aunque la Iglesia en Mallorca necesita, con urgencia, como la Iglesia universal, “una reforma en la cabeza y en los miembros”, ésta no puede, en modo alguno, circunscribirse y limitarse a dichos elementos estructurales. “Esto sería el pecado más grande de mundanidad y de espíritu mundano anti-evangélico” (Francisco). Estamos llamados al seguimiento, a la conversión personal, al cambio de estilo y modo de vida. Esta es la respuesta frente a la que la Iglesia en Mallorca viene mostrando tanta resistencia.

En conclusión, nombren un Obispo de mentalidad evangélica, esto es, que ponga en el centro a Jesús de Nazaret y se guíe por el Evangelio, que es ‘el testimonial principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador’. Un Obispo, que crea, viva y actúe, o, al menos, lo intente con todo su empeño, como lo hizo Jesús, que dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Un Obispo que no tenga corazón nacionalista. Un obispo que atienda a los pobres y marginados (periferias existenciales) y que sea capaz de renunciar a vivir en el lugar más privilegiado de Palma.

- Que crea en la colegialidad y en la sinodalidad. Ya no estamos, efectivamente, en el s. XIX ni en el XX. Frente a la secularización, el liberalismo y el socialismo, la Iglesia adoptó una posición equivocada, a la defensiva, que tuvo sus consecuencias, que perduran todavía: “La Iglesia ya perdió a la clase obrera, luego perdió a los intelectuales y ahora está perdiendo a las mujeres” (Joseph Moingt, s.j.).

En el Concilio Vaticano II quedó muy claro que ese pasado debía ser olvidado y superado. Sin embargo, las cosas han transcurrido de hecho por derroteros diferentes. No puede ignorarse el empeño restauracionista de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI y, por tanto, la pervivencia de la idea y la práctica del sometimiento total de los obispos a las orientaciones romanas, supuestamente evangélicas. Es muy descorazonador que obispos recién nombrados todavía se excusen en la secularización, omitiendo su manifiesto fuera de juego. Siguen sin entender el mandato de Jesús: “Lo del César, devolvedlo al César, y lo de Dios, a Dios” (Mc 12, 17). La realidad es que “los que están conmigo no me han entendido” (J. J. Benitez).

En consecuencia, es de esperar que se atrevan a nombrar un Obispo que sienta la colegialidad episcopal y la sinodalidad como el marco propio en el que ejercer sus responsabilidades eclesiales. Su posición ha de entenderse y ejercerse en términos de servicio y no de poder. No puede seguir presidiendo la Iglesia en Mallorca como si fuese un autócrata ni tampoco con sumisión y obediencia ciega al Vaticano, particularmente en cuestiones que, como los abusos sexuales del clero, que le convertirían en cómplice.

(Continuará)

Gregorio Delgado del Río

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