Parece ser que el Vaticano ha puesto en marcha el procedimiento en orden a elegir el futuro Obispo para la Iglesia en Mallorca. ¡Ya era hora! Esta vez, no han servido las maniobras de mons Taltavull para prolongar su función. Esperemos que tampoco lo sean para que se nombre a quien ha sonado como de su agrado.
Al realizar esta propuesta, soy consciente del riesgo que asumo. En el presente estado de cosas, es aventurado manifestarse sobre aspectos internos de la Iglesia católica. Máxime para quien, como yo, no se considera integrado en su estructura organizativa y ha tomado posiciones muy críticas respecto de la misma. Sin embargo, desde mi fidelidad a Jesús de Nazaret y a los Evangelios canónicos, ‘testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra, hecha carne, nuestro Salvador’ (Const. Dei Verbum, n. 18), prefiero no ‘renunciar a la verdad’ de la situación eclesial existente en Mallorca. Si ésta se quiere cambiar, como es obligación intentarlo, la figura del nuevo Obispo será decisiva.
A tal efecto, me parece indispensable ofrecer algunos observaciones al azar, que podrían tenerse en cuenta en su elección a fin de acertar en el empeño.
No debiera ser necesario subrayarlo. Pero, tampoco es inoportuno el recordarlo: el nuevo Obispo debería ser un firme defensor del orden imaginado, de ese consenso universal, que se expresa en la formulación de los derechos humanos. Y no sólo respecto a su vigencia efectiva en el mundo de las realidades temporales, sino, sobre todo, en el marco del pueblo de Dios, que peregrina en esta tierra del Mediterráneo. Digámoslo con claridad: los derechos humanos todavía son reprimidos en la Iglesia, los de mujeres y sacerdotes de modo prioritario. También, y muy especialmente, no se otorga amparo, sino un efectivo rechazo, a cuantas voces críticas se atrevan a levantar su voz. El compromiso en la defensa de estos, y otros, valores y derechos deberá forma parte esencial de su testimonio eclesial. El Obispo, que preside una Iglesia local, ha de presentarse y aparecer ante la misma como un verdadero creyente en este orden imaginado y como auténtico garante de su observancia y vigencia efectivas (respeto absoluto).
En este contexto, no parece desmedido reclamar que el próximo Obispo debiera ser un hombre culto. Esto es, atesorar una cierta formación humanista y ser profundo conocedor de la historia y evolución del pensamiento y de las ideas que han venido configurando la cultura occidental hasta nuestros días. Un Obispo no tiene que ser bisoño en tales lides y, muy en concreto, no ha de dar muestras de estar fuera de juego respecto del buen entendimiento del sistema democrático y del conjunto de libertades, que tutela y protege cualquier Estado moderno así como de los derechos que debe reconocer. En definitiva, ha llegado la hora de remediar semejante carencia en la Iglesia en Mallorca.
En este orden de exigencia, comprendo que no será fácil su elección. Las muy graves deficiencias en la formación sacerdotal y religiosa, en el pasado no tan lejano, saldrán ahora a relucir. Por cierto, ¿qué intervención activa tendrá la comunidad de creyentes católicos en Mallorca en la elección de su futuro Obispo (sinodalidad)? Asimismo el próximo Obispo debería ser un decidido promotor de la paz en todos los ámbitos, así como del diálogo con todos, de tal forma que llegue a ser estimado como constructor de puentes con el resto de religiones y en la sociedad de la que forma parte. Pero, sobre todo, se necesita un Obispo reconciliador: capaz de ayudar a superar la vergonzosa polarización existente en la comunidad de quienes se proclaman católicos.
Si nos atenemos al pasado más reciente de alguno de sus predecesores, el futuro Obispo debería tener muy claro que “la Iglesia debe dar testimonio, no hacer política’. (Cardenal MacElroy). Esta posición del nuevo arzobispo de Washington es plenamente coherente con pronunciamientos precedentes de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. ¿Por qué, entonces, no siempre se ha tenido presente en ciertos nombramientos? Nos hallamos en momentos decisivos de la historia de España. No añadamos mas presión ni impulsemos de nuevo elementos disgregadores y polarizantes.
(Continuará)
Gregorio Delgado del Río