Disculpen la ordinariez de la frase que vendrá a continuación, apenas suavizada por el acento mejicano con que es pronunciada: «yo quiero llegar a lo alto, pero en el camino no me importa lamer huevos». Y en efecto, aplicando su método lingual el siniestro burócrata va trepando por la estructura del Partido Revolucionario Institucional. Es un personaje de ficción de la serie Chapo, pero también un arquetipo de los que merodean por los partidos políticos. Son los que, inevitablemente, acaban convirtiéndose en los secuaces que rodean al titular de los resplandecientes dídimos. Cuando Félix Bolaños participa en la destrucción de un adversario político mediante la Fiscalía, o en la deslegitimación del poder judicial, ¿está actuando como ministro de Justicia o más bien como el apparatchik del PRI? Y es que la famosa «ley de hierro» no produce oligarquías en los partidos, sino faraones rodeados de dóciles lamerones. Y esto no ocurre únicamente en el PSOE: este caso es más vistoso porque su faraón es especialmente amoral, y eso hace que sus compinches tengan que ser especialmente diestros en el manejo de la lengua. Pero hemos visto también el fenómeno en Ciudadanos, o en Podemos. También en Vox. Esta semana Juan García-Gallardo, su líder en Castilla y León, ha dimitido entre quejas de desatención al «capital humano», y ha concluido diciendo: «hay alguien ahí que no está haciendo bien las cosas, igual no tienen la preparación necesaria».
Este lamento sobre la preparación me resulta familiar: yo mismo conviví con un secretario del partido que se jactaba de no haber leído un libro en su vida (y me ha ido muy bien, añadía) Pero García-Gallardo (como yo entonces) se equivoca: claro que tienen la preparación necesaria. Están perfectamente adaptados al ecosistema de los partidos, exactamente igual que el lenguaraz funcionario del PRI. La selección negativa comienza con algo bastante natural: el deseo del líder y su sanedrín de controlar el partido. Puede que ellos crean en la democracia pero desde luego no confían en sus votantes y mucho menos en sus afiliados, entre otras cosas porque los conocen. ¿Realmente (piensan ellos) se puede dejar margen de decisión a los de la agrupación de Villacabras, con lo pirados que están? Y de este modo, invariablemente, acaban pergeñando unos estatutos que depositan el poder absoluto en sus manos. La separación de poderes, los controles y los contrapesos están bien para la democracia en abstracto, pero ni hablar de trasladarlos a los partidos concretos. Esto produce dos efectos inmediatos: el líder, dotado de un poder absoluto, se vuelve tarumba con mucha más rapidez, y los miembros del sanedrín quedan reducidos a esclavos (¿o es que creen que Albares, o Pilar Alegría, son algo más que esclavos presumidos de Sánchez?). A partir de ese momento el líder-faraon se puede encaminar decidido hacia un horizonte de disparates sin que nadie le lleve la contraria. La discrepancia se convierte en sospechosa, las reuniones se van convirtiendo en cámaras de eco, y los partidos derivan hacia las sectas.
Todo esto es bien conocido, y si sólo ocurriera dentro de los partidos sería muy entretenido de observar. Pero resulta que los partidos son instituciones esenciales en la democracia. En cierto modo funcionan como vasos comunicantes, y cuando los partidos se desajustan sus movimientos sincopados se trasladan al exterior. Ahora mismo Sánchez pretende alcanzar su salvación a través de la destrucción de la democracia, y en ello están sus esclavos políticos, mediáticos, sindicales y fiscales. Porque las gónadas presidenciales exigen el control de la justicia y los medios. Fíjense cómo todos los escándalos del entorno de Sánchez se traducen en intentos de controlar el poder judicial y los medios.
Y hay algo más: el cesarismo de los partidos extingue la inteligencia en ellos. Hace 165 años John Stuart Mill entendió que, cuando se suprime la libertad de opinión, no sólo se acaba con la libertad, sino también con la formación de inteligencia colectiva. Las ideas necesitan pulirse compitiendo en una especie de mercado de la inteligencia, que no funciona cuando se persigue la discrepancia y se limita la participación. Puede decirse que en la partitocracia testicular los huevos arruinan el mercado de la inteligencia. Y de nuevo aquí funcionan los vasos comunicantes: son esas estructuras de partido las que acaban gobernando los países.