No sé si debe de existir alguna encuesta o algún estudio sobre las personas que van —que vamos— al cine sobre todo para ver películas románticas, en donde se expliquen además las causas de esa adicción.
A veces he pensado un poco sobre ello y he llegado a la conclusión, posiblemente no del todo científica o demoscópica, de que somos mayormente las personas solitarias las que vemos ese tipo de películas, seguidas muy de cerca por las personas que están quizás a punto de empezar una relación o por las que tuvieron alguna pareja estable en el pasado y no les fue del todo bien.
De algún modo, siempre he tenido la sensación de que, salvo excepciones, las parejas realmente felices casi nunca van a ver películas románticas, porque ya tienen lo que la mayor parte de seres soñamos o anhelamos a lo largo de nuestras vidas.
Hace algunos años, leí en El País un artículo precioso de Gustavo Martín Garzo sobre su amor por el cine, que se titulaba 'Sólo los niños de pecho no pagan entrada' y en el que hablaba, entre otras cosas, de su predilección por las historias románticas y desgraciadas cuando era adolescente.
«No puedo decir cuál fue la primera película que vi, pero estoy seguro de que lo hice en brazos de mi madre, pues entonces existía la costumbre de llevar a los niños al cine incluso cuando estos no sabían andar", rememoraba en aquel texto el autor de El lenguaje de las fuentes, que había nacido en Valladolid a finales de los años cuarenta.
Martín Garzo también recordaba que eran unos tiempos en que la pasión por el cine era compartida por mayores y niños, «especialmente por las mujeres, a las que les encantaba ir porque en sus salas podían soñar con unas vidas distintas a las suyas, siempre sujetas a sus padres y maridos, siempre pendientes de cuidar a los niños y ocuparse de la casa, como si no tuvieran otras aspiraciones, ni pudieran albergar otros deseos que aquellos que les obligaban a tener».
En el citado artículo, su autor hablaba asimismo de otros recuerdos personales de su infancia y juventud vinculados al séptimo arte. «En el cine Capitol, un cine desaparecido de mi ciudad, había un cartel junto a la taquilla que decía: "Todos los niños que no sean de pecho pagan localidad". Ya he dicho que era tan grande la afición al cine que las madres entraban con sus hijos, y si a la mitad de la película estos tenían hambre o se ponían a llorar les daban la teta sin mayores problemas», evocaba.
A partir de esa imagen, Martín Garzo se imaginaba a esos bebés contemplando alternativamente el rostro de su madre y los que aparecían en la pantalla, haciendo que ya para siempre quedasen unidos en su aún incipiente pensamiento.
Aquel niño melancólico y letraherido que había descubierto el cine gracias a su madre, se acabaría convirtiendo con el tiempo en un adulto, un adulto que se dedica a la literatura y que sólo con un gran esfuerzo logra regresar al mundo real después de ver una película que le ha gustado mucho.
«De hecho —escribía—, nunca regreso del todo y una parte importante de mí aún sigue vagando por los corredores de tantas escenas inolvidables». ¿No nos ha pasado también algo así a muchos de nosotros en más de una ocasión, sobre todo cuando hemos visto una historia de amor llena de intensidad, de locura y de belleza?
Tras comparar algunos de sus filmes favoritos con vides llenas de racimos, Martín Garzo concluía de esta forma aquel inolvidable artículo: «Te basta con extender las manos para tomarlos, y su sabor es siempre el sabor de la vida».