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Donald y los europeos

Por Jaume Santacana
miércoles 19 de febrero de 2025, 04:00h

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La pregunta es: ¿por qué a algunos europeos no nos gusta el nuevo presidente de los Estados Unidos?

Se me ocurren varias respuestas y ahí las suelto, entendiendo que son de un subjetivismo absoluto y de una superficialidad fuera de dudas: Trump carece de ciertas cualidades que los europeos, tradicionalmente, estiman. Por ejemplo, opino que no tiene clase, ni encanto, ni frescura, ni credibilidad, ni compasión, ni ingenio, ni calidez, ni sabiduría, ni sutileza, ni sensibilidad, ni autoconciencia, ni humildad, ni honor, ni gracia...cualidades que, curiosamente, su predecesor, el señor Obama poseía generosamente.

De manera que, para nosotros, algunos europeos, insisto, el contraste tan marcado hace que las limitaciones de Trump se destaquen de forma vergonzosamente clara.

Ade más, a los del “viejo continente” nos gusta reir. Y, aunque Trump pueda ser digno de risa, nunca ha dicho nada irónico, ingenioso o siquiera remotamente divertido; ni una sola vez, jamás. Y ese hecho es, particularmente, perturbador para nuestra sensibilidad. Para nosotros, la falta de humor es casi inhumana. Ni siquiera parece entender lo que es una broma. Su idea de una broma es un comentario grosero, un insulto analfabeto, un acto casual de crueldad. El personaje es un troll y, como todos los trolls nunca es gracioso y nunca se ríe: solo canta victoria o se burla.

Y, terrorificamente, no solo habla a base de insultos crudos y sin ingenio... realmente piensa así, de ese modo. Su mente parece ser un simple algoritmo de prejuicios mezquinos y maldad automática. Nunca hay una capa subyacente de ironía, complejidad, matices o profundidad: todo es superficial. Puede que algunos de sus votantes puedan ver esto algo refrescantemente directo. Los europeos lo vemos como la ausencia de un mundo interior, de un alma.

En Europa, tradicionalmente, nos ponemos del lado de David, no de Goliat. Nuestros héroes históricos suelen ser valientes pero desvalidos, tipo Robin Hood, para poner un ejemplo fácil. Trump no es un personaje valiente; parece todo lo contrario. La imagen que proporciona el flamante presidente de la gran potencia mundial es la de un matón (un sheriff salido de un saloon del Far West, según se desprende de las palabras textuales que su fiel vicepresidente, el señor Vance, pronunció en la reciente Conferencia de Seguridad Europea celebrada en Baviera, en Munich concretamente). Trunp ejerce como matón, salvo cuando se encuentra entre matones: ahí es cuando se comporta como un compinche llorón.

Teniendo en cuenta las famosas reglas de Queensberry sobre la decencia básica, resulta que Mr. Trump las rompe todas: golpea hacia abajo —cosa que un auténtico caballero no haría jamás— y cada golpe que lanza va directo por debajo del cinturón. Le gusta patear, especialmente, a los más vulnerables o a los sin voz; y los patea, además, cuando están en el suelo.

Donald Trump transforma la falta de arte en una forma de arte: es un Picasso de la mezquindad y un Shakespeare de la grosería. Dios sabe que siempre ha habido personas estúpidas en el mundo; y también muchas personas malas. Pero, raramente la estupidez ha sido tan mala o la maldad tan estúpida.

Trump hace que el expresidente Nixon parezca confiable o que George W. Bush parezca inteligente.

La única respuesta posible a toda la problemática que envuelve el principio de esta segunda legislatura de Trump es, desgraciadamente, la expresión que, lamentablemente, nos confesamos todos: “es lo que hay”.

Lo votaron democráticamente. A “otros” destructores del mundo, también.

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