Ser matador de toros, torero, es una profesión; es un trabajo. Desde el siglo XVII en España se ha visto a mujeres lidiar en plaza a novillos y a toros. Toreo a pie y a caballo. Incluso banderilleras y rejoneadoras. No obstante, la RAE no acepta definirlas como mujer torero, o mujer torera. Pero existen. El tema de la mujer torero, o torera, es uno de los clásicos de discusión entre los amantes de la tauromaquia o la antes llamada Fiesta Nacional. Aprovechado el día de la mujer trabajadora, quisiera rendir homenaje a un colectivo de mujeres relacionadas con la tauromaquia que desde hace unos años, con la aparición de colectivos animalista, han sido perseguidas, desdeñadas, insultadas y acusadas de asesinar sólo por el hecho de participar en una corrida de toros, de manera directa o indirecta. Mujeres que entienden la corrida y el arte y no esconden su pasión ante el enfrentamiento del humano y el animal. La tauromaquia está en la sangre de los Mediterráneos desde la edad de bronce. Uno de los dioses antiguos más influyentes de los 300 años antes de Cristo, fue Mitra. Un antecesor con la misma filosofía que Jesús de Nazaret. Mitra es representado siempre cogiendo a un toro por los cuernos y clavándole una espada en el lomo, causándole la muerte. Imágenes míticas que se mantienen en la muerte del toro en la época actual. Antes del baloncesto, del fútbol, del tenis y ahora del fútbol femenino, en España se seguía la vida y méritos de los toreros. De hecho, las estampas más icónicas del siglo XX fueron los toreros y las cantaoras. De todas las mujeres que trabajan relacionadas con el toreo, las más desgracias han sido siempre las que han decidido aprender a matar al toro. Desde 1774 hay leyes que les permiten ser toreros. En 1908, nuestro mallorquín Antonio Pérez Maura, siendo presidente del Gobierno de España, prohibió a las mujeres ser toreros. La Segunda República, en 1934, devuelve a las mujeres el derecho a ponerse el traje y la falda de luces y matar a pie al toro. Con la democracia, el toreo empezó a perder interés y popularidad, dando paso a los deportes de competición. Empezó el rechazo social a los que mataban a un toro después de torturarlo y sin posibilidad de salvación. Esa creencia, equivocada, provoca el nacimiento de grupos defensores de los animales y contrarios a su muerte en cualquier acto humano. Mucho se ha escrito y discutido sobre la verdad y la mentira que envuelve al toreo. Muchos siguen pensando que matar a un toro en la plaza es un asesinato. Algunos han escrito que hay que frenar esta carnicería porque solo sirve para que un macho alfa, el toreo y su cuadrilla, tengan un orgasmo al matar al toro. Lo que nunca he entendido es por qué también le quitan a una mujer el deseo de tener un orgasmo cuando mata un toro de más de 500 kilos, con una verga de más de medio metro y dos cuernos apabullantes. Que un macho no quiera que una hembra mate a un toro, lo puedo entender; pero que una feminista no reconozca el valor de la torera y le niegue el derecho a jugarse su vida ante el toro, no entra en mis cabales democráticos. Tal vez, alguien debería hacer un homenaje en estos días a mujeres como Cristina Sánchez, Conchi Ríos, o Lea Vicens, esta última de raíces mallorquinas, de familia del Port de Sóller. Lástima que las animalistas, aunque tienen razón en sus principios, se manifiestan como unas incultas, lerdas en historia y sociología, y se muestran totalitaristas sin respetar a los demás, porque no piensan como ellas. Y por cierto, según el derecho penal español, el asesinato es el acto en el que una persona mata a otra. Un toro no es un humano. Y los animalistas no son dioses para darles una humanidad que no tienen. En cambio, el respetable, el público que acude a una corrida de toros, puede indultar al animal. No se le mata, se le cura y pasará el resto de su vida disfrutando de su entorno y como semental para transmitir la fuerza, el valor, el coraje y la casta a sus becerros.