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La democracia tribal

Por Fernando Navarro
viernes 07 de marzo de 2025, 03:00h

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¿Qué es la democracia? Es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, dijo Lincoln en Gettysburg, y ésta es un poco la visión tradicional: los votantes tienen unas preferencias en cuestiones políticas o morales y escogen a los partidos que mejor las representan. Según esto los partidos que gobiernan son aquellos cuyas políticas encajan mejor en las preferencias de un mayor número de votantes, y la secuencia democrática sería esta: primero está la voluntad de los votantes, y luego los partidos que la ejecutan en representación de aquéllos. Es una visión estimulante, sin duda; el problema es que es falsa. Y no falsa en el sentido de representar meramente un ideal hacia el que la práctica democrática se debe dirigir, sino completamente falsa en el sentido de que apenas tiene nada que ver con la realidad.

Ya tiene casi diez años, pero debería ser un libro de cabecera: Democracy for Realists: Why Elections Do Not Produce Responsive Government. Los estudios que recogen Christopher Achen y Larry Bartels muestran sistemáticamente a un votante pobremente informado, incapaz de identificar las cuestiones más básicas de las políticas de los partidos. Peor aún: el votante, por lo general, no sólo es incapaz de identificar las políticas que defiende o practica un determinado partido; tampoco tiene una clara preferencia sobre esas políticas. Lo peor de todo: al votante le cuesta muchísimo abandonar a su partido aunque éste altere dramáticamente su posición. Entonces la secuencia democrática real es ésta. Los votantes escogen a los partidos (frecuentemente en su juventud, y por la imagen que quieren proyectar de sí mismos ante los demás) y a partir de ahí le dedican una sorprendente lealtad. Por eso los partidos no están constreñidos por las preferencias de sus votantes: son éstos los que suelen seguir dócilmente, por erráticos que sean, los movimientos de su partido. Pero, como las posiciones que adoptan los partidos tienen implicaciones morales, la postura moral del votante ovino acaba definida por un criterio espacial: el lugar al que lo han llevado las necesidades del chamán de su tribu política.

En tiempos estables este proceso es bastante soportable; en tiempos recios, deriva naturalmente hacia el hooliganismo o el sectarismo. Y si algo debemos a Sánchez es que nos ha permitido ver con total claridad cómo funciona. Su interés, puramente personal, de mantenerse en Moncloa, y capear desde allí los escándalos que lo rodean, ha llevado a su partido a traicionar todo lo que decía defender (y de paso a España). Que Bolaños, Marlaska o Pilar Alegría hayan antepuesto a la decencia su deseo de mantener el empleo ha sido vagamente decepcionante, pero lo asombroso es que una parte significativa de sus votantes (que no se jugaban nada material) lo ha seguido en sus vaivenes, racionalizando a lo largo de todo el camino. Los hemos visto asistir impasibles al blanqueamiento de los filoterroristas, a la modificación a medida del Código Penal, y al mercadeo de impunidad a cambio de votos. Votantes de regiones con rentas más bajas han aceptado que una región se excluya de la redistribución de la riqueza pero comparta con ellos su deuda. Ahora su seguidismo los acaba de depositar en la arena de la xenofobia catalanista, y han aceptado convertir en extranjeros en Cataluña a los españoles que no han nacido allí. El adepto empedernido ha acabado delegando su juicio moral en un partido del que han desaparecido los filtros morales, y no ha salido inmaculado.

La docilidad del votante de Sánchez llevó a algunos a pensar que el problema estaba en la izquierda, al parecer más propensa al sectarismo. Pero el abandono de Trump a los ucranianos ha demostrado que el hooliganismo también florece a estribor, y que el

votante de derechas es capaz de hacer las mismas contorsiones cuando los valores, la coherencia y la realidad comienzan a chirriar. Observen el prodigioso ajuste de disonancia que algunos han tenido que hacer para compatibilizar las variables «admiro el patriotismo», «los ucranianos son valientes patriotas», «lo decente es ayudarlos» y «Trump los ha apuñalado»: Zelenski ha tenido que ser apresuradamente reconvertido en una especie de dictador, corrupto y pedigüeño, empeñado en mantener el sufrimiento de los ucranianos y arriesgar una tercera guerra mundial. Qué espectáculo, el de los patriotas recurriendo a la propaganda de Putin para denigrar el valeroso patriotismo de los ucranianos.

La moraleja es que, cuando uno se convierte en un sectario, acepta que sus convicciones sean determinadas por el deambular de su tribu, y eso lo convierte en alguien bastante desagradable. Pero hay más: cuando el ciudadano se transforma en adepto, los partidos fragmentan la comunidad en tribus enfrentadas. Entonces, dejan de ser una pieza clave de las democracias y pueden convertirse en su mayor amenaza. Sánchez y sus votantes cavernícolas nos lo están demostrando a diario.

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