La irreal fábrica de noticias del sanchismo propaga desde hace unos días un nuevo mantra propagandístico, apoyado en los elogios que, en el ámbito internacional, se vierten sobre la situación macroeconómica de nuestro país.
Como adiestradas cacatúas, tertulianos, opinadores, medios afectos y multitud de peones del aparato socialista perfectamente alineados esparcen por redes, debates y columnas de opinión la consigna de que actualmente somos "la mejor economía del mundo".
Ciertamente, el crecimiento macroeconómico de España es muy notable, lo cual responde a diversos factores empresariales, demográficos, sociales y hasta climáticos, y más bien poco a la actividad legislativa de un Gobierno que ni siquiera es capaz de sacar adelante unos presupuestos y que viene legislando cuestiones ideológicas y exigencias nacionalistas a golpe de mastodónticos decretos-ley, que más que a un ómnibus, se asemejan mucho al autocar para excursiones de los internos de un hospital psiquiátrico. (No sé por qué, o quizás sí, me ha venido a la cabeza la imagen de Jack Nicholson al volante del autobús del Hospital Estatal de Oregón en "Alguien voló sobre el nido del cuco".)
Pero, aún así, seguramente las grandes corporaciones empresariales españolas estén íntimamente satisfechas con el chorro de millones que el Gobierno les está permitiendo ganar. Banca, empresas energéticas y de comunicaciones, promotoras inmobiliarias, grandes hoteleras, constructoras, aseguradoras, farmacéuticas y fabricantes de armas -estos últimos, gracias a Putin y Hamás- hacen su agosto, pero los muy puñeteros tienen cierta tendencia a no querer repartir el pastel, mira tú por dónde. Cuando la cosa pintaba mal, socializamos sus pérdidas, pero ahora que, afortunadamente, va todo mucho mejor, ni hablar del peluquín.
Radicalmente distinta es la situación familiar, claro. Porque incluso en este paraíso de la abundancia en el que el sanchismo dice que vivimos, llegar a fin de mes es resulta complicado para muchas familias, y adquirir o arrendar algo tan esencial como una vivienda es una quimera para jóvenes y clases trabajadoras, aun en la situación de pleno empleo de la que gozamos en la actualidad en Balears. Porque, en las últimas dos legislaturas -en las que gobernó la conspicua sanchista Francina Armengol-, no se adoptó ni una sola medida -ni efectiva ni fallida- para revertir esta situación y contribuir a este básico y elemental primer reparto de la riqueza generada. Es más, desde el poder político hasta se persiguió a los pequeños emprendedores que osaron mojar su cachito de pan en la deliciosa salsa del turismo. Dónde se ha visto que las clases medias pretendan menoscabar las cuentas de resultados de las grandes corporaciones rentabilizando su ahorro y pequeñas propiedades. Inaceptable. El socialcomunismo al servicio de la gran empresa.
Seguimos a la cola en resultados académicos PISA y lideramos el abandono escolar, pero invertimos millones en formar a unas élites investigadoras que se marchan fuera, y no porque no amen a su país, sino porque su país no hace nada por retenerles. Dedicamos cantidades irrisorias a la investigación científica y los intentos de retener talento chocan con las miserias de nuestra sempiterna y cansina burocracia, que todo lo contamina.
En una palabra, ni con "la mejor economía del mundo" la izquierda española es capaz de mejorar la vida de las clases medias y trabajadoras. Se limita a políticas de subsistencia, como la de subsidiar el transporte para ocultar que un obrero no puede permitirse adquirir los idealizados vehículos eléctricos que promueve el progresismo europeo.
Javier Milei decía, durante su campaña presidencial, que en Argentina, el país de la carne, la gente no podía permitirse comprarla; en Cuba, el país del azúcar, no hay azúcar para el pueblo; y en Venezuela, el país del petróleo, hay que hacer cola para llenar el tanque de gasolina. "Ese milagro solo lo consigue el socialismo", afirmaba. Pues eso.