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De afiliaciones vaginales y picos presidenciales

miércoles 19 de febrero de 2025, 12:54h

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Es una evidencia. Bien entrado el siglo XXI, los paradigmas sociales que regían las relaciones entre ambos sexos -al menos, desde el Imperio Romano y probablemente mucho antes- han entrado en insostenible contradicción e incluso chocan violentamente con la actual concepción mayoritaria en Occidente.

Pero lograr un tú a tú con las mujeres en plano de estricta equivalencia no es tan sencillo como hacer proclamas o redactar normas hiperprogres, por más represivas que sean éstas de las conductas que atenten contra esa igualdad. La huella cultural de cientos y miles de años condiciona la conducta de los individuos, incluso de aquellos que racionalmente aceptan las nuevas reglas del juego.

Hay algo más límbico, atávico y ancestral que se opone a ese cambio. En el fondo, nos cuesta asumir nuestra condición de primates y las consecuencias que tiene en la vertebración social, solo a partir de la cual podemos estructurar una evolución hacia la verdadera igualdad de derechos y roles. Pero darle la vuelta a esta construcción milenaria en tan solo cuarenta años es un desiderátum loable, pero igualmente utópico.

Basta acudir a Youtube y ver esos vídeos nostálgicos de anuncios televisivos de los años 60, 70 y 80. Sí, esos éramos nosotros, y no nos escandalizaban lo más mínimo ni los anuncios de lavadoras o detergentes protagonizados siempre por sufridas amas de casa, ni la joven que buscaba a Jacq’s enseñándonos el canalillo, ni que el Soberano fuera cosa de hombres o las mujeres no pudieran vivir sin el Scotch-Brite.

Se supone que las generaciones que nos han seguido deberían tener muchos menos problemas para con el nuevo papel que se reserva a varones y mujeres en la sociedad. Pero, no es así, o al menos no lo es en muchos casos.

Lo más llamativo del asunto es que esta cuestión tiene poco que ver con la ideología, cuando generalmente se ha venido sosteniendo lo contrario. El sexismo es absolutamente transversal, y la demostración empírica de ello es el cúmulo de episodios protagonizados en nuestro país por dirigentes de la izquierda supuestamente más progre y feminista.

Desde los exabruptos y expresiones más rancias salidas de la boca de Pablo Iglesias, sumadas a su comportamiento típico de macho alfa de la manada con las camaradas del partido, hasta el caso de Íñigo Errejón, conduciéndose como un auténtico troglodita salido con Elisa Mouliaà y otras correligionarias para llevárselas al huerto. Tampoco se libra de alguna acusación de acoso sexual el inefable Juan Carlos Monedero.

Con razón cuentan por ahí que el espíritu con el que se creó el movimiento podemita en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense fue, literalmente, “para follar”. Les faltó traducirlo al Latín. Toda una declaración de intenciones.

Ahora nos llega la versión insular, en la que Juanjo Martínez, joven dirigente de IU integrado en las listas de Podemos, ha sido acusado de presumir de practicar la ‘afiliación vaginal’ con algunas simpatizantes o militantes de la órbita. Ni que decir tiene que el Sr. Martínez tiene pleno derecho a la presunción de inocencia y que no pretendo prejuzgar si su comportamiento tuvo o no algún carácter penalmente relevante.

Pero una cosa es que una acción no integre delito alguno y otra muy distinta es que sea coherente o incluso moralmente tolerable.

Sin ir más lejos, el pico de Luis Rubiales a Jennifer Hermoso, tras lo escuchado en el mediático juicio, dudo que acabe siendo objeto de condena penal -por cierto, brillante y hasta espectacular la abogada Olga Tubau en su minucioso informe-, pero eso no lo convalida éticamente. Fue un despropósito, un gesto sexista totalmente fuera de lugar nacido de la impulsividad más irracional de un individuo que no es precisamente el colmo de la formalidad social (otro día hablamos de su público apretón de testículos junto a la Reina Letizia). Es un cenutrio, sí, pero creo que no es un delincuente sexual.

En todo caso, Rubiales no andaba de acá para allá impartiendo doctrina feminista, ni dando lecciones a los demás de lo que era o no moralmente aceptable en el nuevo paradigma de los géneros.

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