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Ba' lé yaroh (*)

Por Mateo Cañellas
martes 21 de mayo de 2024, 01:00h

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En Baleares hace unas semanas que el asunto va de academias y de lengua balear. Pues tenemos mucho de qué hablar y no precisamente para exclamar, como Andreu Jaume en su artículo “Real sobrasada” (https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2024-05-19/real-sobrasada/), que “Felipe VI haría bien en rectificar y no poner la Corona al servicio de una pseudoacademia que compara el baléà con el arameo”. Para entender el asunto hay que ponerlo en la perspectiva histórica adecuada. Pronto hará un siglo que en la Real Academia Española se promovieron ocho plazas de numerario para los especialistas en “las lenguas españolas distintas de la castellana (…) dos para el idioma catalán, uno para el valenciano, uno para el mallorquín, dos para el gallego y dos para el vascuence”. Sí de la lengua mallorquina, que es la misma que la balear. Y eso era porqué la mallorquina, al igual que la catalana y la valenciana ya tenía su diccionario, su gramática y su ortografía desde los siglos XVIII y XIX (“Diccionario de los vocablos de la lengua mallorquina y su correspondencia en la española y latina” de Antonio Balaguer de 1760; “Nueva ortografía de la lengua mallorquina” de Antonio María Servera de 1812; “Gramática de la lengua mallorquina” de 1835 de Juan José Amengual).

Cuando hablamos de lengua mallorquina también lo hacemos de lengua balear. No se trata de ningún invento de ningún real-académico, es una denominación que comenzó a usarse durante la Edad Moderna desde el momento en que el medieval reino de Mallorca pasó a ser también el moderno reino Balear con su “Regia Audientia Regni Balearium”, con su “Historia General del reyno Balearico” de Juan Dameto, y como no, con su lengua balear tal como se cita en el “Formularium testamentei Baleari lingua”. Incluso el rey de España también lo era de Baleares. El funesto Fernando VII acuñó la moneda de doce dineros con la leyenda “HISP. ET BALEARIUM REX”. Y digo funesto ya que fue durante su reinado que se detuvo la progresión de la lengua mallorquina. Su política centralizadora de universidades abocó al cierre de la cuatro veces centenaria Universidad Literaria Mallorquina, para quedar incorporada a la Universidad de Barcelona en 1842. Ahí comenzó el Expolio Catalanista de la lengua, la cultura y la historia de Baleares. A partir de entonces los baleáricos tuvieron que desplazarse a la Península (básicamente a Barcelona por su proximidad geográfica) para cursar sus grados de medicina, filosofía, derecho, teología…. Era la época del romanticismo, de la incipiente Renaixença catalana que reivindicaba un supuesto pasado glorioso y antiquísimo de la nación catalana, en la que se incluían Baleares y Valencia; lo que llevó a que la gran mayoría de los estudiantes baleáricos se viesen fuertemente influenciados por las ansias anexionistas catalanas.

El tren catalanista conducido por Enrique Prat de la Riba y Pompeyo Fabra marchaba a toda máquina. En esos años se creó el Instituto de Estudios Catalanes (la Academia de la lengua catalana), la gramática catalana y la ortografía catalana, para que de este modo el romanista suizo Wilhelm Meyer-Lübke, miembro de la Academia catalana, en su obra “Das Katalanische” de 1925, no tuviese problema alguno para considerar al catalán una lengua independiente y olvidarse que era un dialecto del occitano desde hacía siglos. El paso siguiente era la fagocitación de las, hasta el momento, reconocidas lenguas valenciana y mallorquina por la Real Academia Española. La usurpación de la lengua mallorquina, a diferencia de la valenciana, resultó bastante sencilla, debido a la inexistencia de una Universidad Balear y de una Academia de la lengua balear, y, sobre todo, fue facilitado por la subordinación cultural a Cataluña de la gran mayoría de poetas, literatos y escritores de Baleares.

Ya no hubo más gramáticas, ni ortografías, ni diccionarios mallorquines, sólo quedó la lengua catalana. Se reescribió la historia. Las conquistas de Mallorca y de Valencia pasaron a ser conquistas catalanas y los autores mallorquines, como también los valencianos, pasaron a ser etiquetados como literatura catalana. Sin ellos la literatura catalana de los siglos XIV y XV sería prácticamente inexistente. Pero la realidad documentada es que los mismos autores mallorquines y valencianos jamás afirmaron escribir en lengua catalana. El supuesto forjador de la lengua catalana, el mallorquín Ramón Llull, señaló en diversas ocasiones que escribía en lengua romance, como cuando tradujo su “Libro de Contemplación en Dios” “d’arábic en romanç”, o como cuando en su testamento de 1313, destinó ciento cuarenta libras para que se copiasen sus diez obras más recientes en pergamino en romance y en latín: “scribantur libri in pergameno in romancio et latino”. Y ya en el siglo XV cuando la tierra había trasladado su denominación a la lengua, el humanista, jurista y político mallorquín Fernando Valentí afirmaba que había traducido las “Paradojas de Cicerón” “de latí en vulgar materno e mallorquí”, como también el valenciano fray Antonio Canals en en su traducción del “Valeri Máximo” incluso distinguía entre lengua catalana y lengua valenciana:”tret del llatí en nostra vulgada lenga materna valenciana axí com he pogut jatssessia que altres l'agen tret en lenga cathalana”. También en la traducción de 1496 del “Cartoxà” de Juan Roís de Corella se detallaba que fue “trelladada de latí en valenciana lengua”. Y no digamos del máximo exponente de la prosa valenciana, Joanot Martorell, autor del “Tirant lo Blanch”, que escribió su obra en "en vulgar valenciana”.

En medio de toda esta tormenta catalanista de principios de siglo XX vio la luz el diccionario del mallorquín Antonio María Alcover, al que nos aferramos los gonellistas, con una denominación que aún se le atraganta al catalanismo y que recoge la secular denominación de lengua balear, el “Diccionari català-valencià-balear”. Esta larga denominación fue fruto de las grandes y graves desavenencias de Alcover con el ingeniero industrial y lingüístico Fabra. Alcover cambió el inicial nombre de su “Diccionari de la llengua catalana” por el de “Diccionari català-valencià-balear” para no hacer “la llengo mallorquina esclava del parlar barceloní, per haver defensada sempre la personalidat llingüística de Mallorca”.

Si Baleares hubiera mantenido su Universidad como sí hizo Valencia y se hubiera creado una Academia balear, como también hizo Valencia en 1915 con su Centre de Cultura Valenciana (actual Real Academia de Cultura Valenciana), el actual Estatuto de Autonomía balear reconocería la lengua balear, del mismo modo que el Estatuto de Autonomía valenciano reconoce la lengua valenciana. No haría falta recriminar nada a Felipe VI, todo lo contrario. Desde esta terrible perspectiva histórica del Expolio Catalanista de la cultura y lengua de Baleares, sólo podemos dar las gracias a la Corona por el reconocimiento de la Real Academia de Lengua Balear, y lamentar profundamente la subordinación cultural de nuestros paniaguados intelectuales y literatos a Cataluña.

(*) Ba' lé yaroh, que significa maestros en lanzamiento, fue el nombre dado por los cartagineses y que aprendieron los romanos para denominar a los honderos isleños.

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