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Adolescencia

Por Fernando Navarro
viernes 28 de marzo de 2025, 05:00h

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¡Atención, spoiler! Les voy a destripar la serie televisiva que, por alguna razón está ahora de moda en las redes. Tiene un comienzo trepidante, con unos policías fuertemente armados preparados para asaltar una vivienda como si en ella estuviera Bin Laden. Y la asaltan, sí, pero en lugar de un terrorista internacional se llevan a un niño de trece años con aspecto angelical. Toda la secuencia, a lo largo de cada capítulo, se va a desarrollar sin cortes. La cámara se adhiere a distintos personajes (como el espíritu Azazel en Fallen) y así llega a las distintas secuencias: la casa del niño, el coche en el que es llevado detenido, la comisaría… Esta, al parecer, es la gracia de la serie. Se llama plano-secuencia y, aunque sin duda tiene mérito y proporciona naturalidad a la acción, tiene también algún inconveniente. El primero es que las escenas no tienen una duración normal: como no hay cortes, los plazos se acortan drásticamente con respecto a lo que ocurriría en la realidad (en 30 minutos el niño ha sido detenido, llevado a comisaría y puesto ante el abogado de oficio, que ha tenido tiempo de ser avisado y acudir) y aun así se hacen muy largas para el espectador. Además, a veces (como cuando los policías están en el colegio) se produce cierta sensación de caos, como si se movieran como pollos son cabeza. Y hay una escena de persecución involuntariamente cómica: como el policía no puede dejar atrás la cámara que lo sigue, parece ejecutada a cámara lenta.

El caso es que el niño de trece años, que parece bastante aseado y listo, está acusado de haber asesinado a cuchilladas a una compañera de colegio. ¿Cómo es posible? Pues no me ha quedado claro, pero mirando la explicación del director y la crítica parece que el problema está en las redes sociales, que han envenenado al jodío niño. Se ve que hay un espacio virtual llamado «manosfera» donde se promueven discursos de odio machista que estimulan la masculinidad tóxica que todos (los hombres) llevamos agazapada dentro. Incluso deambula por ahí un fulano llamado Andrew Tate (del que no había oído hablar en mi vida) que se ha hecho rico explicando cómo hacerse rico y cómo tratar a las mujeres. En su caso ambas cosas están relacionadas porque es una especie de proxeneta que capta chicas en ciudades europeas para engatusar online a clientes, a los que despojan de su dinero mientras ellas se despojan de su ropa. Es lo que tiene la ley del péndulo, que huyendo de Irene Montero alguno va y cae en Andrew Tate.

En fin, que la manosfera es un peligro tremendo. La serie no profundiza mucho más en los mensajes que reciben los niños en las redes, pero menciona varias veces la regla 80-20: sólo un 20% de los hombres reciben la atención del 80% de las mujeres. ¿Y el 20% restante? Ni idea, serán más gordas y se conforman con el 80% de hombres más feúchos (eso les abre un mercado amplísimo). Esta estadística, por cierto, no proviene de la manosfera (sea lo que sea) sino de datos extraídos de las webs de citas como Tinder: para las participantes, sólo un 20% de los hombres están por encima de la media y merecen un aprobado. Dado que, en realidad, un 50% de los hombres están por encima de la media, las mujeres parecen tener un sesgo de infravaloración masculina del 30%. Curiosamente el mercado masculino es mucho más igualitario: los hombres evalúan correctamente que el 50% de las mujeres están por encima de la media, y además no tienen el menor inconveniente en incursionar en los percentiles más bajos. ¡Y encima hablan de masculinidad tóxica! Para todo esto hay explicaciones biológicas bastante interesantes (de las que podemos hablar otro día) que demuestran lo que ya sabemos: que el mercado del emparejamiento es conflictivo y lleno de malos entendidos, pero precisamente por eso tiene tanta gracia.

Stephen Graham, creador de la serie, dice que se inspiró en un par de casos en los que «incels» habían apuñalado a chicas. Un incel (otro palabro) es un célibe involuntario. Curiosamente (o no) es un término infamante y cargado de desprecio, como si su portador fuera el culpable de su propia abstinencia sexual (tal vez por frecuentar la manosfera y a Andrew Tate); es difícil imaginar que alguien lo aplicara a miembros poco afortunados de sexo femenino. En todo caso ¿cómo va a ser «incel» un niño de trece años? ¡Todos lo son! En resumen, la serie se me cayó a partir del segundo capítulo (aunque la he visto enterita para contarla a ustedes). Podemos concluir que, aunque es cierto que los adolescentes cada vez van a encontrar más dificultades para la cópula, no parece que haya una epidemia de incels asesinos en el Reino Unido. Estigmatizarlos no va ayudar a prevenirla.
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