El desastre comenzó con un
terremoto submarino de
magnitud 9,1 en la escala de Richter, frente a la costa de Sumatra,
Indonesia, a 30 km de profundidad.
Se percibió hasta en Alaska y la superficie del planeta se movió al completo.
Este seísmo, uno de los más fuertes registrados, ocurrió a lo largo de la falla tectónica entre las placas Indoaustraliana y Euroasiática. La liberación de una inmensa cantidad de energía generó un tsunami que viajó a velocidades de hasta 800 km/h, formando olas de hasta 50 metros que arrasaron comunidades enteras
Más de 230.000 personas fallecieron, incluyendo turistas que pasaban sus vacaciones navideñas en lugares paradisíacos como Tailandia o Sri Lanka. Millones más quedaron desplazados. Desde Indonesia hasta Somalia, las olas alcanzaron costas distantes en menos de siete horas, afectando a una superficie geográfica inmensa.
Señalar que la magnitud de la tragedia movilizó un esfuerzo humanitario sin precedentes. Países, ONG y organismos internacionales donaron miles de millones de dólares para la reconstrucción.
20 AÑOS DESPUÉS
En las zonas afectadas, se han levantado memoriales y monumentos en honor a las víctimas. Familias y comunidades aún enfrentan el trauma de lo sucedido.
Tras el desastre, se implementaron sistemas avanzados de detección de tsunamis en el Océano Índico, que incluyen sensores submarinos y estaciones de monitoreo sísmico para prevenir catástrofes similares.
Algunas regiones, como Tailandia, han logrado recuperarse económicamente gracias al turismo. Sin embargo, en áreas más pobres, como Aceh en Indonesia, los efectos del tsunami aún se sienten.
El maremoto del Océano Índico es considerado una de las mayores catástrofes naturales no solo del siglo XXI, sino de la historia moderna. Su escala global, el número de víctimas y el impacto emocional lo convierten en un evento sin precedentes. Sin embargo, otros desastres como el terremoto de Haití en 2010 y el ciclón Nargis en 2008 también dejaron profundas huellas.